Caruso no quiere cantar

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Al canario Caruso le gustaba cantar pero sin que nadie le oyera. Por eso, sus padres estaban muy preocupados porque nunca le oían cantar y pensaron que estaba enfermo.

Un día decidieron llevarlo a la consulta del prestigioso doctor Canticorum, experto en pájaros cantores, que le examinó a fondo para ver si tenía algún problema.

El doctor Canticorum dijo a Caruso que abriera la boca y dijera «AAAAA», luego que dijera «OOOOO», luego que dijera «UUUUU», luego que dijera «EEEEE» y, por último, «IIÍII».

—Pues no veo ningún problema -dijo el doctor Canticorum a los padres de Caruso-. Sus cuerdas vocales están muy bien y sus pulmones también, solo se me ocurre pensar que le da vergüenza cantar -añadió.

—¿Vergüenza? ¿Un canario? No puede ser, doctor: nuestra familia tiene pájaros cantores desde hace muchísimas generaciones y todos cantamos muy bien. Incluso mi madre ganó un concurso internacional muy importante: era la famosa Gorgoritos de oro.

—Pues solo se me ocurre pensar en esta posibilidad. ¿Por qué no van a la consulta de la doctora Pensamiento? Ella es experta en problemas psicológicos de los pájaros. A lo mejor descubre por qué Caruso no canta.

Los padres de Caruso se marcharon preocupados. Pero a la vez se sentían contentos de que las cuerdas vocales y los pulmones de su hijo estuvieran bien: hubiera sido horrible y vergonzoso que un canario de su familia, descendiente de Gorgoritos de oro, no pudiera cantar: sería una mancha en su linaje y un motivo de desprecio por parte de los demás canarios…

La doctora Pensamiento era muy simpática y les recibió enseguida en su consulta cuando le contaron lo preocupados que estaban por el problema de su hijo.

—No se preocupen, yo averiguaré por qué su hijo no canta. Déjenme con él, pues tenemos que hablar a solas un ratito.

Cuando se fueron sus padres, Caruso se quedó en la consulta con la doctora Pensamiento:

—Bien, Caruso, espero que tú me digas lo que te pasa. Yo no estoy aquí para averiguarlo sino para escucharte e intentar ayudarte si tienes algún problema.

Caruso observó bien a la doctora y se sintió a gusto: aquella persona le daba confianza, parecía muy amable y sincera. Quizá ella le podía ayudar. Entonces decidió contarle toda la verdad.

—Verá… yo sí puedo cantar y creo que no lo hago muy mal, pero es que me da vergüenza que me oigan, sobre todo mis padres.

—¿Y desde cuándo te da vergüenza cantar, Caruso? -preguntó la doctora.

—Un día en el colegio la maestra nos pidió que cantáramos uno por uno porque tenía que escoger al que mejor lo hiciera para la función que íbamos a representar en la fiesta anual de los padres.

—¿Y qué pasó ese día?

—Yo me puse muy nervioso porque me hacía mucha ilusión ser el mejor y cantar en la función, pero cuando pensé que me iban a escuchar todos los padres y que tenía que hacerlo perfecto, me salió mal la voz, hice un gallo y todos mis compañeros se echaron a reír y me dijeron: «¡Menudo canario! ¿Y tú eres el nieto de Gorgoritos de oro?». Desde ese día en el colegio se ríen de mí y me llaman «Gorgoritos de gallo», y en la clase de música procuro mover solo la boca, no sea que me salga otro gallo y se burlen otra vez de mí.

—Muy bien, Caruso, me alegra mucho que hayas tenido confianza en mí. Como ahora ya sé lo que te pasa te puedo ayudar. Se me ocurre una idea: ¿por qué no me cantas un poquito aquí para mí sola? A mí no me importa si lo haces perfecto o no, tampoco me importa si te sale un gallo. ¿Qué te parece? ¿Te da vergüenza que yo te oiga?

Caruso se lo pensó dos veces y decidió que lo podía hacer con la seguridad de que la doctora Pensamiento no le iba a juzgar, ni a comparar, ni a ridiculizar. Así que cogió aire, respiró hondo y comenzó a cantar haciendo unos trinos tan grandes y bonitos que provocaron los aplausos de la doctora aun antes de acabar.

—¡Bravo, bravo! -gritaba la doctora, encantada-. Me ha gustado mucho cómo cantas, Caruso, es una pena que nadie te haya oído.

Pero sí que le habían oído: su madre se había quedado fuera, en la sala de espera de la consulta, junto a otros pacientes que esperaban su turno, y todos habían aplaudido espontáneamente cuando Caruso terminó de cantar.

Su madre les había dicho emocionada y orgullosa: «Ese es mi hijo», y todos le habían dado la enhorabuena por tener un hijo que cantaba tan bien.

Dentro del despacho la doctora y Caruso siguieron hablando.

—Bien, Caruso, ahora quiero que me digas una cosa. ¿Por qué crees que tienes que cantar siempre bien o hacerlo perfecto?

—Porque mis padres me dicen que soy nieto de Gorgoritos de oro y no puedo dejar en mal lugar a mi familia.

—¿Y qué pasaría si alguna vez cantas mal porque estás cansado o nervioso o porque has cogido frío?

—Que mis padres se avergonzarían de mí.

—¿Tú crees?

—Sí, ellos me lo repiten todos los días: en el colegio tengo que sacar sobresalientes porque esa fue la media de mi padre cuando estudió en ese mismo colegio; en la clase de canto tengo que ser el mejor por lo que ya le he contado y, cuando juego al ajedrez, tengo que ganar siempre. Para eso me ha enseñado mi padre desde pequeño.

—Ya veo, ya veo… Realmente tienes un problema, pero tengo que reconocer que tus padres también tienen un problema. Creo que les tendré que ayudar a ellos también.

Caruso puso tal cara de asombro que sus ojos parecían el doble de grandes, y dijo:

—¿Que mis padres tienen un problema?

—Sí, Caruso: si ellos quieren que lo hagas todo perfecto es porque ellos también quieren hacerlo todo perfecto y no podrán ser felices hasta que descubran que es normal cometer errores, que unas cosas se nos dan mejor y otras peor y que las cosas no siempre salen como uno quiere.

—¿Y yo les puedo ayudar?

—Claro que sí, Caruso: intenta ser sencillamente un canario feliz, canta como tú quieras, sin tener que ser siempre el mejor, hazles felices con tus cantos y no te preocupes si un día te sale un gallo o si no sacas en todo sobresaliente o si pierdes jugando al ajedrez.

La doctora Pensamiento le hizo comprender que ningún canario era perfecto, ni las águilas, ni siquiera los seres humanos aunque lo intentaran.

Caruso comprendió que no debía avergonzarse cuando cometiera un error y decidió cantar porque era lo que más le gustaba hacer. El ya sabía que unos días le saldría mejor y otros días peor.

Cuando salió de la consulta de la doctora Pensamiento se encontró con el aplauso de su madre y de los otros pájaros que estaban en la sala de espera y se puso muy colorado, pero ya no sintió vergüenza sino orgullo.

—¡Gracias, doctora! -dijo su madre-. Usted ha devuelto la voz a mi hijo.

—No, no, él nunca perdió su voz -contestó la doctora-, solamente la escondió por miedo a no cantar lo suficientemente bien.

Caruso miraba a la doctora y a su madre. Ahora estaba mucho más tranquilo porque sabía lo que tenía que hacer, pero sus padres tendrían que pedir hora para otra consulta y, esta vez, solo para ellos.

Begoña Ibarrola
Cuentos para sentir: Educar las emociones
Madrid, SM, 2003

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