—¡Eres realmente un pesado! —refunfuña Roberto—. ¡Esto no es para ti! Es cosa de mayores. 

La feria no es para chiquitines de cinco años, aunque vivan en la calle detrás de las casetas de tiro, justo ahí, donde también vive Roberto.

Pero Marco no deja que lo detengan y camina detrás de su amigo a paso cargado. Cuando él se detiene, Marco también se detiene.

—¿Por qué me sigues todo el tiempo?

—Yo no te sigo —afirma Marco—. Yo voy contigo. ¡Lo que pasa es que vas muy deprisa!

—Pues no quiero que vengas conmigo, ¿comprendes?

Marco se detiene. Tira hacia fuera su barriguita redonda, cuya camiseta con el agujero del tamaño de una cereza y muchas manchas de helado y mermelada sólo cubre hasta el ombligo. Hunde las manos en los bolsillos y tuerce la boca hacia abajo, mientras le lanza a Roberto su mirada de enfurruñado.

Roberto se vuelve más suave.

—¡Vaya! —y lo llama con un gesto.

Así es el juego. Roberto, el mayor, de diez años, deja que el pequeño de cinco le acompañe. Sin Marco, la feria no es tan divertida. Pero ¡alguien tiene que ser el jefe y mandar! Las reglas son las reglas.

Nadie es tan leal como Marco. Y nadie escucha a Roberto con tanta atención.

Poco importa que haya muchas cosas que todavía no entiende, que no comprenda todo lo que su amigo cuenta y sueña. Sueños que cuenta de manera tan emocionante como si fueran reales. Pero sólo Marco cree en todo lo que él dice.

Sólo él consigue lo que nadie más consigue, aun cuando ese alguien es inteligente y mayor. Roberto le gusta mucho a Marco.

Roberto y Marco tienen mucho tiempo para para vagar porque nadie se ocupa de ellos. Solo tienen que estar en casa para la cena y también es importante que aún se pueda reconocer el color de los pantalones y que no se hayan roto la cabeza.

Por la tarde recorren juntos el parque, huelen las salchichas asadas para las cuales no tienen monedas, lamen sólo en pensamiento el algodón de azúcar que no pueden comprar por falta de dinero, y porque prefieren gastar el poco que tienen en un helado.

El dinero lo tiene Roberto y es realmente muy poco.

En los bolcillos Marco tiene elásticos para hacer de tirachinas y el sucio pañuelo, enorme, de su padre. Comienzan por ir hasta la montaña rusa y paran un rato para ver los pequeños coches coloridos llenos de gente lanzarse por la curva a toda prisa, siguiendo la carrera hasta la cima, ralentizándose cada vez más, como si no fueran a alcanzarla.

—¡Ahora! —grita Marco y se sujeta el vientre con ambas manos, aprieta los labios, cierra los ojos con fuerza. Se imagina cayendo a pique y a toda velocidad. Cuando la gente comienza a gritar de miedo, agarra el brazo de Roberto, que toma Marco por los hombros y le tapa los ojos.

—Ya pasó —dice, y aparte la mano.

Así es el juego.

En la pista de kart será el turno de Roberto. Las reglas son las reglas.

Marco está radiante. Es bueno tener miedo cuando Roberto está a su lado para protegerlo.

Roberto es un tío que no tiene miedo, y cuando está asustado, nunca lo demuestra. A menudo, se mete hasta con los muchachos mayores de la feria y gana casi todas las peleas.

Entonces le gusta cuando el pequeño está allí asistiendo y grita con todas sus fuerzas: “¡Dale, dale!” ¿Quién más daría palmaditas en la espalda a Roberto después de la batalla, ¿si no el pequeño? ¿Quién más podría, tan tierna y torpemente, con la única punta limpia del pañuelo, limpiarle la nariz ensangrentada?

Roberto le ordenaba ásperamente: “¡Déjame, no soy ningún bebé!” Pero Marco le respondía: “Cuando sea grande, voy a ser igualito a ti: el mejor y el que más lejos escupe de la Plaza. Y después, ¡también voy a dejar que me limpien la cara!”

Marco hasta intenta imitar con sus piernas cortas la marcha de Roberto. Un poco larga, con pasos seguros, las manos en los bolsillos de los pantalones, aunque los bolsillos estén medio rotos y, al correr, aleteen como banderines al viento. Intenta habituarse a hablar como Roberto, con pequeñas pausas entre ciertas palabras que suenan muy adultas…

Pero al fútbol, sí que juega como su amigo, con la pelota demasiado blanda para que suene al chutarla. Después, como una flecha, Marco corre a por ella y se tira a la portería. No llora cuando cae, ni siquiera cuando el suelo es duro y la tierra salta y le quema los ojos. Sólo llora después, en casa, cuando el agua corre sobre las heridas.

De la montaña rusa siguen para el autódromo, pasando por el columpio gigante y el carrusel.

—¡Me encantaría volar en el avioncito! ¿Crees que alguna vez lograremos juntar tanto dinero?

Como siempre, Marco mira con anhelo y pena los caballos de palo balanceándose, y su avión que gira al lado de las motos negras.

—Puedes volar —le dice Roberto— ¡pero con la nariz en el suelo! ¡Ven, vamos a la pista de kart!

—Tú te quedas con el coche número 4 y yo con el 6 —decide Roberto en cuanto llegan.

Se arriman a la rampa y observan a los demás entrando en sus autos. Apenas los coches empiezan a trabajar, se imaginan detrás del volante, pisan el acelerador, toman las curvas volando, chocan contra las protecciones, giran el volante. El número 6 cruza la meta a gran velocidad.

—¡¡Campeón!! —grita Marco a Roberto. ¡Hasta se olvidó que él apostó al número 4!

¡Pero Roberto es siempre el que gana! Así es el juego.

Y el ganador también gana el helado. El perdedor tiene autorización para lamer tres veces, una vez en cada color. Las reglas son las reglas.

A veces, también hay un pan con jamón como premio. O chocolate. Marco recibe entonces un trozo entero, y medio cuando los chocolates son rellenos. En cambio, ofrece al amigo, de vez en cuando, un sello turco, porque el abuelo le manda una postal por mes. Marco le mandó decir que le enviara siempre un sello diferente porque por cada sello bueno, ¡recibe un trocito de chocolate!

Pero más que comer chocolate, a Marco le gustaría volar en el avioncito…

—Sólo una vuelta —suplica.

—Eso no es posible. El carrusel da muchas vueltas y ¡no nos venden sólo una!

—Pregunta a tus amigos del aparcamiento si nos prestan algo de dinero. A los que indican los lugares vacantes a los coches.

—¡Ellos no trabajan para que tú puedas ir en avión!

—¿Y por qué no trabajamos nosotros también en el parking? —pregunta Marco.

—¿Por qué? Primero, no aceptan a niños. Segundo, no aceptan a nadie, si no, tienen que dividir el dinero entre muchos.

—¡Pero intentémoslo!— insiste Marco.

—No.

—¡Pero yo soy tu mejor amigo!

—Lo eres de cualquier manera —dice Roberto—. ¡Pero no vamos!

—¡Y también te dejo ganar siempre en el kart!

—Yo gano de cualquier manera porque tú me gritas siempre “Campeón”.

Marco se detiene.

Tira hacia fuera su barriguita redonda, mete las manos en los bolsillos de los pantalones y lanza sobre Roberto su mirada de enfurruñado.

—Vale, está bien —dice Roberto con dulzura—. Vámonos.

—¡Yo te adoro! —le dice Marco.

Luego se estira hasta llegar al cuello de Roberto y le da un gran beso ruidoso en la cara.

—¡Deja eso! —Roberto le rechaza—. ¡No soy ningún bebé! —Y limpia el beso de la cara con las manos.

Después se dobla, rápido, y le da un beso en la cabeza, en medio del pelo corto y erizado.

—¡Ay! ¡Esto pica! —Roberto se lleva las manos a los labios.

—¡Síí! —Marco se ríe.

En el parking, Ivo y Theo indican a los coches las plazas libres. Los niños que allí “trabajan” tienen la edad de Roberto. Así es como ganan dinero, con las propinas de los conductores.

—¡Yo también lo puedo hacer! —Marco observa cómo Theo le hace señas a un coche y lo guía corriendo hasta un lugar libre.

—Esto no es para ti —dice Roberto.

Después pregunta a Theo dónde está el tercero amigo, Jojo.

—Jojo hizo pis en el neumático delantero de un Mercedes —le responde Theo—. Justo cuando el conductor regresaba. Lo echamos fuera del grupo. Nada de pipí, nada de rayar la pintura, nada de pinchar los neumáticos. ¡Así era lo convenido!

—¿Escuchaste? —pregunta Roberto a Marco—. Las reglas son las reglas; con ellos también.

—¿Quieres reemplazar al Jojo? Todavía podríamos necesitar un tercero socio. Pero no un cuarto —dice Theo, echando una mirada de desaprobación a Marco.

—Yo lo hago, pero solo si este de aquí se queda conmigo. ¡Es mi ayudante! —Y apunta Marco que está a su lado como un pequeño soldado, los hombros para atrás, la barriga adentro, la cabeza derecha, con una mirada de “Yo-Ya-Soy-grande”, como quien dice: ¡ni se te ocurra pensar que yo soy tan pequeño como parezco!

—¡¿¡Quééé!?! —grita Theo—. ¿Necesitas ayuda? Aquí nadie necesita más que dos brazos. Además, él es demasiado pequeño. ¡Aún se lo atropella coche!

—¡Yo lo cuido! —informa Roberto—. El chico es de primera.

Roberto no va a desistir de ninguna manera. ¡Esta noche le va a dar una sorpresa a Marco!

—¡Puedes irte a jugar a la niñera a otro lado! —le dice Ivo, acercándose—. Aquí se trabaja. No necesitamos una cuarta persona. ¡Puedes irte!

—Calma —le responde Roberto con un tono de voz muy adulto. Toma a Marco, que sólo tiene una gran barriga, y que, por lo demás, es muy delgado y ligero, y lo sienta sobre sus hombros—. Agárrate —dice hacia arriba—. ¡Nosotros contamos por uno! —dice a Ivo.

—¿Así que quieres jugar a los gigantes, no? —Theo sonríe con ironía.

—¿A que nos ven mejor a los dos que vosotros? ¿Y en como tendremos más propinas? ¡En fin, os toca más dinero!

—Hum —rezonga Ivo.

—Bueno —dice Theo—. Pero si va mal, sales tú y tu ayudante enano.

—¡No soy ningún enano! —grita Marco—. ¡Ahora soy más grande que tú!

Al anochecer, Roberto y Marco ya habían ayudado a aparcar nueve coches. Cada vez que uno llegaba, Marco subía a los hombros de Roberto, que guiaba los conductores hasta los lugares libres. Marco se inclinaba y recibía el dinero.

Antes de cada uno de irse a casa hacen las cuentas. Las propinas recogidas van para el gorro de Theo. El dinero es dividido entre los tres. Marco hace las cuentas: dos helados y medio pan con jamón para cada uno. Dos tabletas de chocolate, una rellena, otra simple. ¡Son ricos! Tal vez aún sobre algún dinero para…

—¡Mañana te dejaré volar! —exclama Roberto, levantando el chico en el aire. Le da tal voltereta, que Marco casi se pierde el equilibrio cuando viene al suelo.

—Quieres decir volar en serio —pregunta Marco —¿o solo como ahora?

—¡En serio! —responde Roberto—. En tu avión.

—¡¡Guay!! —grita Marco, dando un gran salto en el aire—. Entonces te invito yo también para una vuelta de kart y grito “¡campeón!” y tú vas sentado ahí dentro.

—¡Vale! —dice Roberto.

Así es el nuevo juego.

—Pero yo voy en primero —informa Marco.

—De acuerdo —responde Roberto.

¡Nuevo juego, nuevas reglas!

Evelyne Stein-Fischer

13 Geschichten vom Liebhaben

München, DTV JUNIOR 1989
(Traducido y adaptado)

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