El abuelo en el carromato

—Estoy harto —le dijo el abuelo una mañana a Pepito—. Siéntame en el carromato y llévame a la montaña, al precipicio del otro lado.

Pepito estaba acostumbrado a obedecer al abuelo. Lo sentó en el carromato y le alcanzó las muletas. El abuelo las colocó cruzadas delante de sí.

—¿Quieres que meta pan, carne ahumada y una botella de mosto, abuelo? —preguntó Pepito.

—¿Para qué? —respondió el abuelo.

Cuando Pepito tiraba del abuelo camino arriba, se cruzaron con el joven maestro Damián.

Bajaba hacia la vieja cuadra de ovejas que había preparado como escuela.

—Buenos días, Pepito —dijo—. ¿Adónde vas tan de mañana con tu abuelo?

—Quiere ir a la montaña —dijo Pepito—. Arriba del todo, al precipicio.

—¿Al precipicio? —preguntó el maestro extrañado.

—Exactamente allí —dijo el abuelo y golpeó impaciente con las muletas en el carromato.

—Pepito tiene que tirar de mí. Hoy no irá a la escuela. Volverá mañana. Y ahora no me entretengas. Tengo prisa.

— ¿Se puede saber qué piensas hacer allí arriba? — preguntó el maestro Damián.

—Eso no le interesa a nadie —contestó el abuelo sombrío—. De todas formas, estoy harto. ¿Qué pinto ya en la vida? He amado y he odiado, he estado alegre y triste, sudé y pasé frío, he trabajado y me he divertido, a veces he estado enfermo y a veces sano, he tenido miedo y he sido valiente, según la situación, estuve casado y tuve una hija y sólo me ha quedado el nieto. ¿No he vivido todo lo que se puede vivir?

El maestro Damián se rascó la cabeza.

—Has vivido mucho, abuelo —dijo—, pero todavía te falta algo: saber cómo es eso de aprender a leer y escribir. También doy clases a los mayores. Después del trabajo. Quedas cordialmente invitado.

—Al diablo con tu invitación —dijo el abuelo y desvió la cabeza.

—¡Sigue, Pepito!

Pepito tiró del abuelo montaña arriba hasta que llegaron a la cabana de Astedia.

—Hola, vecino —saludó Astedia al abuelo y se inclinó en la ventana hacia afuera.

—¿Adónde vas tan temprano?

—A la montaña —gruñó el abuelo—. Estoy harto. Las rodillas no las puedo doblar y…

—Prueba este queso —dijo Astedia—, hay algo en su sabor que no está bien. Tú, con tu buen paladar, enseguida sabrás qué tiene.

El abuelo lo probó.

—Ponle un poco de ajo picado muy fino y será el mejor queso del mundo —dijo.

—¡Mira que no haber caído yo misma en ello! —exclamó Astedia—. ¿Qué sería de mi queso sin ti? Entra cuando vuelvas de la montaña. Tengo pan casero y ocho clases de quesos.

—Ya no volveré —dijo el abuelo y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—¡Sigue, Pepito!

—Yo lo pensaría bien —le dijo Astedia, mientras se alejaba el abuelo, y movió la mano en un saludo.

El camino se hacía más y más empinado.

Pepito era pequeño y flaco.

Tuvo que pararse un momento y apoyarse en el carromato.

Con el dedo gordo del pie dibujó algo en la tierra.

—Esto quiere decir AU, abuelo –dijo.

El abuelo miró, después desvió la mirada.

—Tú con tus tonterías de letras. Por mí, como si llueve —gruñó—. ¡Sigue!

Llegaron a la cabaña de Rufino.

Rufino era guitarrista.

Cuando reconoció al abuelo en el carromato, exclamó:

—¡Hola, viejo amigo! ¿Adónde vas tan temprano?

—A la montaña —contestó el abuelo—. Estoy harto. Las rodillas no las puedo doblar, los dedos de las manos están agarrotados y…

—Tú has sido también un buen guitarrista —dijo Rufino.

—Escucha mi guitarra. Ya no suena tan bien como antes. No consigo averiguar por qué.

Alcanzó la guitarra al abuelo, que pasó tiernamente sus agarrotadas manos por las cuerdas y escuchó atentamente, con la cabeza inclinada hacia adelante.

—Tiene algo en la barriga —dijo, metió la mano muy adentro en el agujero de la guitarra, palpó y sacó, finalmente, una oruga que había hecho el capullo en la guitarra.

—¡Gracias! —exclamó Rufino.

—Entra cuando regreses de la montaña y tocaré para ti cuantas canciones quieras escuchar.

—Yo ya no regreso —dijo el abuelo sombrío.

—¿Y si te estoy esperando? —exclamó Rufino riéndose, mientras el abuelo se alejaba.

El camino se hizo más empinado.

Pepito sudaba, pese a que el abuelo no pesaba mucho.

Tuvo que descansar de nuevo.

Se agachó junto al carromato y dibujó con el dedo en la tierra.

—Ni siquiera puedes estar un momento sentado sin hacer nada —dijo el abuelo.

—Esto es una E —dijo Pepito—. Mira, así.

El abuelo miró, después desvió la mirada.

—O AU o E, ¡qué más da! —gruñó—. ¡Sigue!

Alcanzaron la casita de Rosalina.

Rosalina se acercó a la valla.

Llevaba a su pequeño hijo en brazos

—¡Hola, compadre! —dijo—. ¿Adónde vas tan temprano?

—A la montaña —contestó el abuelo—. No sabes lo harto que estoy de todo. Las rodillas no las puedo doblar, los dedos de las manos están agarrotados, me lloran los ojos, el estómago se me hincha y…

—Tú entiendes algo de enfermedades —dijo Rosalina preocupada y le mostró al niño.

—Mira a mi Joselito. Come todo el día y tiene buena barriga. Pero mira qué ojeras y está cansado y pálido. ¿Qué le pasa?

El abuelo palpó el cuerpo de Joselito.

—Tiene lombrices en el vientre —dijo—. Machaca pepitas de calabaza, añádele leche y dale esa papilla con el estómago vacío.

—Dios te conceda una larga vida —exclamó Rosalina—, para que todavía puedas ayudar a muchos niños enfermos. Y llama cuando regreses de la montaña. Te voy a tejer una faja de lana gorda para los riñones. Tejo rápido y cuando vengas, estará terminada.

—Pero yo ya no vuelvo —dijo el abuelo furioso.

—¿Cuál es tu color preferido? —le preguntó Rosalina a voces y saludó con la mano mientras el abuelo se alejaba.

—¡Rojo! — exclamó el abuelo desde lejos.

El camino se hizo más estrecho y cada vez más empinado.

—Tómate tiempo, chico —dijo el abuelo—. Un cuarto de hora arriba o abajo no importa.

Pepito descansó agradecido. Se sentó con las piernas cruzadas y dibujó con un palo en la tierra.

—Esto es una I —aclaró.

El abuelo miró y después desvió la mirada.

—¿Qué me importa a mí tu I? —gruñó.

Pepito se colocó de nuevo delante del carromato.

A la mitad del camino hacia la montaña, pasaron junto a la cabaña de Antonio.

Antonio estaba sentado delante de la cabaña y afilaba la guadaña.

—¡Hola! ¿Eres tú? —exclamó—. ¿Adónde vas tan temprano?

—A la montaña — contestó el abuelo—. Estoy harto. Las rodillas no las puedo doblar, los dedos de las manos están agarrotados, me lloran los ojos, el estómago se me hincha, la espalda me duele y …

—¡Qué bien que estés aquí! —dijo Antonio—. Tú entiendes del tiempo. ¿Qué va a hacer? ¿Se mantiene seco?

El abuelo miró hacia el brumoso cielo y aspiró el aire.

—Buen tiempo para el heno —dijo.

—Entonces voy a segar —dijo Antonio y echó mano a la guadaña—. —A la vuelta, entra en casa a beber un vaso de mosto, amigo.

—Yo ya no vuelvo —dijo el abuelo— y miró fijamente a Antonio.

—¿Te vas a perder mi mosto? —preguntó Antonio. —Piénsalo —y le dio una palmada al abuelo en la espalda.

Ahora el camino era solo una senda.

Pepito jadeaba.

—Vete despacio —dijo el abuelo—. Ni siquiera es aún mediodía.

Pepito tiró del carromato bajo un árbol. Con una navaja, hizo muescas en la corteza del tronco.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó el abuelo.

—Una O —contestó Pepito.

El abuelo lanzó una furtiva mirada a la O, pero no dijo nada.

Pepito siguió tirando del carromato. Las nubes se volvieron más transparentes. Como una rodaja blanca colgaba el sol sobre la cumbre envuelta en brumas.

—Arriba estará despejado —dijo el abuelo a Pepito.

Después de un rato, se encontraron con Isabel e Isidoro. Iban cogidos de la mano.

—¡Hola abuelito! —exclamó Isabel—. ¿Os habéis perdido? Allí arriba sólo se encuentra la cumbre.

—Exactamente allí es donde yo quiero ir —dijo el abuelo—. Estoy harto. Las rodillas no las puedo doblar, los dedos de las manos están agarrotados, me lloran los ojos, el estómago se me hincha, la espalda me duele, se me han caído los dientes, excepto dos, uno arriba y otro abajo y…

—Escucha —dijo Isabel—. Tú eres experto en amor. Nosotros nos amamos, Isidoro y yo, y queremos continuar siempre juntos. Pero todos nos desaconsejan porque Isidoro es negro y yo blanca. ¿Tú qué opinas?

—Si tú crees —dijo el abuelo— que Isidoro merece tu amor y tú el suyo, entonces intentadlo.

—¡Gracias, muchas gracias! —exclamó Isabel, echándose al cuello del abuelo y dándole un beso en la mejilla.

—Esto viene bien —dijo el abuelo.

—Serás el padrino de nuestro primer hijo y le pondremos tu nombre —dijo Isabel.

El abuelo movió la cabeza.

—Conmigo no contéis ya —dijo—. Ya no regreso.

Pero Isabel e Isidoro iban ya pendiente abajo cogidos de la mano.

—¡Me llamo aurelio! —exclamó el abuelo tras ellos.

Su voz era ronca, pero se hasta abajo, hasta el valle.

Pepito y el abuelo avanzaban penosamente.

La senda era pedregosa.

—Despacio, chico, despacio —dijo el abuelo—. Te gotea el sudor por la barbilla. Además, para lo que me propongo, llegaré siempre a tiempo.

Pepito se tiró al suelo y dibujó con la nariz en la tierra, después se dio la vuelta y cerró los ojos.

¡Qué bien venía el descanso!

Medio dormido, escuchó deletrear al abuelo.

—AU—E—I—0.

Y oyó decir al abuelo:

—Esto me resulta conocido. Me recuerda algo. Si supiera qué…

—¡Pero si sabes leer, abuelo! —exclamó Pepito.

El abuelo sonrió astutamente:

—Pensabas que ahora sabías tú más que yo, ¿no es cierto?

En la pendiente, entre peñascos, estaban sentados dos pastores, en medio de un rebaño de cabras y cantaban una canción que resonaba lejos.

Cantaban a dos voces.

—¡Hola! ¿Adónde vais vosotros dos? —preguntaron al abuelo y a Pepito—. Más arriba ya no hay nada. Sólo la cumbre y un amplio panorama.

—Y el precipicio —dijo el abuelo—. Ahí quiero ir yo, pues estoy harto. Las rodillas no las puedo doblar, los dedos de las manos están agarrotados, me lloran los ojos, el estómago se me hincha, la espalda me duele, se me han caído los dientes, excepto dos, uno arriba y otro abajo, me martiriza el reúma y siempre tengo mucho frío.

—Sí, sí —dijeron los pastores—, pero quizá sepas una tercera voz para nuestra canción.

—¡Claro que la sé! —dijo el abuelo, orgulloso—. Esa canción la he cantado muchas veces cuando era más joven.

Carraspeó y se puso a cantar.

Su voz sonaba ya bastante ronca. Pero la canción salió maravillosamente cantada a tres voces.

—¡Canta con nosotros! —le dijo el abuelo a Pepito.

Cantaron las veintisiete estrofas.

Cuando terminaron, los pastores dieron las gracias.

—Cuando regreséis, seguiremos cantando —dijeron.

—Yo ya no vuelvo —dijo el abuelo.

—Tú eres capaz no sólo de mantener la voz, sino también de hacer chistes —dijeron los pastores y se rieron.

—Nos pondremos a practicar para más tarde cuando regreséis —exclamaron tras ellos.

Ahora el carromato traqueteaba por entre las piedras.

Aquí ni siquiera crecían arbustos, solo raquíticas hierbas y flores entre las piedras.

—Ya casi hemos llegado —jadeó Pepito y se limpió el sudor de los ojos.

El abuelo empujó las muletas fuera del carromato y lo apuntaló, para que no volcara.

—Hagamos una pausa —dijo después de un momento—. Sácame del carromato.

Pepito lo sacó del carromato y lo sentó sobre la hierba de forma que pudiera respaldarse en una peña.

El abuelo levantó la nariz y olisqueó.

—Tomillo y manzanilla —dijo, cerró los ojos y colocó las manos sobre el vientre.

—¡Cómo zumba aquí! —susurró.

—Abejas y abejorros —dijo Pepito.

El sol estaba casi vertical sobre ellos.

—Tengo calor —dijo el abuelo.

—¿Por qué no duermes un poco? —preguntó Pepito.

—Si no fuera por los sueños, los malos y los tristes —dijo el abuelo y suspiró.

Se inclinó hacia adelante y escribió con el dedo en la tierra: AU—E—I—O.

Cuando terminó, dijo:

—Falta algo, pero ¿qué?

—La R y la L —dijo Pepito.

Después de un buen rato, Pepito dijo:

—Ahora tenemos que seguir, abuelo.

Pero el abuelo no quería todavía.

Pepito se meció contra él.

Se quedaron los dos dormidos.

Estrechamente abrazados, durmieron mucho.

Un abejorro despertó a Pepito cuando quiso meterse en el agujero de su nariz.

—Vamos, abuelo.

Pero el abuelo hizo como si no hubiera oído nada.

Y así continuaron sentados el viejo y el niño entre los árboles y las plantas aromáticas, en la pendiente, hasta que el sol desapareció al otro lado de la cumbre.

Entonces el abuelo suspiró:

—R y L. Lo intento e intento. Pero no encuentro el sentido.

Dejó que Pepito lo subiera de nuevo al carromato.

—Solo media hora y estaremos arriba —dijo Pepito.

Se esforzaba montaña arriba, entre las piedras.

—¿Abuelo, ¿podrías sostener el tiro entre los pies? —preguntó—. Así podría empujar y sería más fácil.

—Andar ya no puedo —dijo el abuelo—, pero mis rodillas están tan rígidas que puedo conducir bien con ellas.

Y así colocó el tiro entre los pies y Pepito empujó.

Después de un rato, no podía más.

Se apoyó contra el carromato para evitar que rodara cuesta abajo.

—L y R —dijo el abuelo—. ¿Al comienzo, en el medio, al final?

De pronto, sonó un griterío:

El maestro venía con sus alumnos, pendiente abajo.

—¡Hola, Pepito! —exclamaron los niños.

—¡Hola, abuelo! —exclamó el maestro—. Cuando salió el sol, nos decidimos por una excursión. ¿Estuvisteis ya arriba?

Cuando Pepito negó con la cabeza, el maestro llamó a los niños y todos juntos empujaron el carromato.

El carromato corría sobre las piedras que hacían saltar chispas.

Con un último empujón, alcanzaron la cumbre.

—¡Parad! —gritó el abuelo—. ¡Ahí está el precipicio!

Asustados, los niños tiraron del carromato hacia atrás. Pepito colocó una piedra en la rueda izquierda y otra en la derecha. Después se inclinó hacia adelante, como los demás niños, hacia el precipicio.

—¿Qué veis? —preguntó el abuelo.

—Diminutas cabañas —informaron los niños—. Diminutos caminos y campos. Muchas, muchas personas diminutas y abundante bruma entre las montañas. ¿O son nubes?

—Pudiera ser —dijo el maestro—. Esta es la montaña más alta de los alrededores. Por eso, aquí arriba brilla el sol.

—¡Y cómo calienta su brillo! —dijo el abuelo.

El maestro silbó para ponerse de regreso.

Quería llevarse al abuelo. Pero este no quiso.

—Tienes razón —dijo el maestro—. Tómate tiempo. Hasta mañana, Pepito.

Con risas y gritos, la bandada de niños se lanzó pendiente abajo y Pepito agitó la mano despidiendo a sus amigos, hasta que se perdieron de vista.

Pepito se quedó con la cabeza agachada, esperando.

—Creo que ya lo tengo —exclamó el abuelo—. Quiere decir AU—R—E—L—I—O.

Dejó que Pepito le enseñara cómo se escribían la R y la L y dibujó su nombre con la muleta en la tierra.

—Aurelio, ése soy yo.

Algo diabólico eso de las letras. ¡Qué extraño cuando uno lee su propio nombre!

Pepito continuaba de pie y esperaba.

—Ahora estoy preparado —dijo el abuelo—. El carromato te lo llevas. Puedes montar en él y bajar a toda velocidad. Un viaje así te divertirá, ¿no?

—Sólo contigo, abuelo, sólo contigo—dijo Pepito y rompió a llorar.

—Está bien —dijo el abuelo—. Me dejo ablandar y además tengo ganas de leer y cantar y de la faja para los riñones y de la guitarra. No quiero perdérmelo. ¿Y cómo va a beberse Antonio todo el mosto él solo? Sería poco educado. Además, tengo hambre. Aplacemos esto hasta el bautizo del niño de Isabel e Isidoro. O para más tarde, si acaso.

Pepito abrazó a su abuelo con un grito de alegría, retiró las dos piedras, dio la vuelta al carromato, lo empujó, saltó a él y se agarró detrás del abuelo, mientras rodaban pendiente abajo, y el abuelo sostenía el tiro entre los pies.

—¡Todavía merece la pena vivir! —clamó el abuelo.

Gudrun Pausewang
El abuelo en el carromato
Salamanca: Lóguez, 1991

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