En una alta montaña, solo, sin amigos, vivía Otra Cosa.
Sabía que era OTRA COSA porque todo el mundo lo decía.
Cuando intentaba acercarse a los demás o pasear junto a ellos, o jugar con ellos, siempre le decían:
«Lo sentimos, pero tú eres otra cosa. Eres diferente. No eres como nosotros.»
Otra Cosa se esforzaba mucho para ser igual que los demás. Sonreía y decía “hola” igual que ellos.
Pintaba cuadros.
Jugaba con ellos cuando le dejaban.
Incluso llevaba su merienda en una bolsa, igual que ellos.

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Pero no era suficiente, aunque lo intentaba con todas sus fuerzas: su aspecto era diferente y su manera de hablar también era diferente.
Pintaba las cosas de manera diferente.
Jugaba de manera diferente.
Hasta su merienda les parecía diferente.

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«Eres otra cosa», le decían. «No eres como nosotros, Eres diferente. No eres uno de los nuestros.»
Otra Cosa se sentía triste, triste y pequeño, pequeño. E iba a su casa.
Una noche estaba a punto de acostarse cuando oyó que alguien o algo llamaba a su puerta.

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Abrió y de pie ante él vio Algo.
«Hola», saludó Algo. «Encantado de conocerte. ¿Puedo entrar?»
«¿Cómo? ¿Qué dices?», dijo Otra Cosa.
«Hola», dijo Algo, y extendió su pata para saludarle, ¿o era tal vez una aleta?
Otra Cosa le miró la pata y luego dijo:
«Creo que te has equivocado de lugar».
Algo negó con la cabeza. «No, no me he equivocado. Esta casa es perfecta para mí. ¡Perfecta!»
Y antes de que Otra Cosa entendiera lo que estaba pasando, Algo entró en la casa y… ¡se sentó en su sillón, encima de su cena!
«¿Te conozco?», preguntó Otra Cosa muy extrañado.
«¿Conocerme? ¡Pues claro que sí!» Algo se echó a reír. «Acércate. ¡Mírame bien!»
Y Otra Cosa se acercó y empezó a mirarle.
Lo inspeccionó de arriba abajo, por delante y por detrás. No sabía qué decir, así que no dijo nada.

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«Pero, ¿no lo ves?», dijo Algo. «Soy igualito que tú. Tú eres diferente de los demás y yo también.»
Y de nuevo del extendió la pata (¿o era un atleta?) y sonrió.
Otra Cosa estaba demasiado sorprendido para poder sonreír y también demasiado asombrado para poder estrecharle la pata (¿o era una aleta?)
«¿Igual que yo?», dijo. «Tú no eres igual que yo. De hecho, no he visto a nadie como tú en toda mi vida. Así que…», se dirigió a la puerta y la abrió: «…Lo siento. Buenas noches y adiós.»
Algo retiró su pata-aleta lentamente y dijo un «¡Oh!» muy bajito. Parecía triste y pequeño, pequeño.
Entonces Otra Cosa sintió algo en su interior. No podía explicar qué era, pero recordaba muy bien esa sensación,
Mientras tanto, Algo ya se había marchado. Y Otra Cosa se acordó.
«¡Espera! ¡Espera!», gritó. «¡No te vayas!»
Corrió lo más rápido que pudo hasta alcanzar a Algo, agarró su pata-aleta y la sujetó con fuerza: «No eres como yo, pero no me importa. Puedes quedarte conmigo si quieres.»
Y Algo se quedó.

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A partir de ese momento Otra Cosa tuvo un amigo.
Se miraban, se sonreían y se decían: «¡Hola!»
Pintaban cuadros.
Cada uno jugaba los juegos del otro, o al menos lo intentaban.
Merendaban juntos.
Eran diferentes, pero estaban juntos y se entendían.
Y cuando alguien diferente y realmente raro aparecía, nunca le decían que no era como ellos o que se fuera.
En seguida le hacían sitio y lo aceptaban.

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Kathryn Cave
Otra cosa
Barcelon, ediciones Elfos, 2003

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