Todos los años, en vísperas de Navidad, visitamos el mercado navideño en la plaza principal. Este año estuvo muy bonito. Había un gran árbol de Navidad, un pesebre con figuras reales y en el establo corrían ovejas y cabras verdaderas.

A mi madre eso le encantó muchísimo. A mi padre, por el contrario, le gustaron más los puestos de ponche y tapas. Yo me sentía un poco fuera de lugar. Demasiado grande para pesebres; y para ponche y vino, obviamente demasiado pequeño. Los niños de diez años no somos muy bien atendidos en un mercado navideño.

Fui primero al puesto de ponche, pero los hombres no hablaban de nada interesante, así que me fui a la sección infantil a observar las ovejas. Nada interesante: un niño Jesús danzaba vestido con una túnica dorada y adornos en el pelo. En el otro extremo de la plaza tocaba una banda a la que le siguió un coro de villancicos.

Mi padre se quedó en el stand de tapas y mi madre dio un paseo a lo largo de los puestos de manualidades. Solo eran las cuatro de la tarde, pero anochecía ya, y ella no lograba encontrar ningún regalo de navidad a su gusto. Además le enojaba que mi padre la dejara a solas con la tarea.

Yo quería comprar un regalo para mi amigo José, pero ¿que había en este mercadillo tan poco original? Solo una enorme cantidad de adornos navideños, pan de especias, velas y más pan de jengibre y galletas de navidad y los adornos navideños de nuevo y velas y pesebres.

Pero luego vi un puesto que parecía algo diferente y me paré: vendía juguetes de madera, puzles y juegos de paciencia en madera y metal. Podría comprar un juego para José, pensé. Mi madre también había parado y apuntaba, fascinada, a un pesebre.

—¡Mira! —dijo—. ¿No es encantador?

Era un establo de madera, con una estrella. Las figuras eran de arcilla, María y José, el pesebre, la mula y el buey. Afuera había un pastor que parecía conducir un par de ovejas, y a la derecha, un personaje que debía ser el ángel, pero algo raro. Tenía una cara larga y no era blanco, sino ocre. Se parecía un poco a nuestro vecino, que tiene síndrome de Down. Y ahí me di cuenta de que aquél era el puesto del taller donde trabajaban personas discapacitadas.

Ellos habían construido todo el pesebre, tanto el establo de madera como las figuras de arcilla. Creo que este pesebre era el más bello de todo el mercado navideño, mucho más que todos los de fábrica, hechos sin mucho gusto.

Compré un juego de dados, la generala, para José, y un rompecabezas para Susi,  mi amor secreto. (Es tan secreto que ni Susi lo sabe; y yo espero tener el valor para darle su regalo).

Mi madre, como era de esperar, compró el pesebre. Cada figura fue envuelta en papel de seda y colocada en una caja. Papá tuve que quitar el puesto de ponche y fue el encargado de transportar el pesebre.

En casa guardé los dos juegos en mi cajón secreto. Mi madre desembaló el pesebre.

—Lo voy a poner ahora mismo en el aparador —dijo—. Tal vez luego nos contagie un poquito de espíritu navideño.

Yo no quería escuchar más quejas por la falta de espíritu navideño, ni por el ajetreo, ni por el ponche de papá, así que me puse a observar de nuevo el pesebre con atención.

Mi madre ordenó el aparador, y allí colocamos el belén. Después desembalamos las figuras y las colocamos en el establo. María y José, la cuna, la mula y el buey, el pastor con las ovejas, y los ángeles con síndrome de Down. Mi madre estaba encantada, mi padre dormía en el sofá.

Pero de repente mi madre se incorporó. Tenía cara de haberse llevado el susto de su vida.

—¿Dónde está el Niño? —gritó.

—¿Qué niño? —le pregunté—. ¿Yo? Yo estoy aquí.

—¡No seas tonto, ¡Franz! —dijo mamá—. Me refiero al Niño en la cuna. ¡Falta! ¡No está!

De hecho – la cuna estaba vacía. No había ningún Niño en el pesebre.

Yo me sabía de memoria todas las quejas que iban a venir. El comerciante no lo había embalado. Lo había dejado caer al lado de la caja; lo había pisoteado. Se había caído de la caja en el camino a casa (una posibilidad muy improbable porque era mamá quien la había traído). Se había caído al desembalarse, y todo por culpa de papá, porque ella, la pobre, tenía que hacerlo todo, y, y, y…

Así que buscamos primero por el suelo. Gateé alrededor de la mesa pero lo único que encontré fueron migajas de pastel, una canica y un alfiler, pero ningún Niño Jesús. Busqué detrás del aparador y encontré un calcetín maloliente. Del Niño, nada. Mamá quería vestirse y hacer todo el camino de vuelta al mercado para buscarlo.

—Afuera ya está muy oscuro —dijo mi padre desde el sofá—. No vas a encontrarlo, ¡ni que fuera de tamaño real!

Delante del aparador, yo miraba en el pesebre. No me acordaba de haber visto la figura del Niño.

—No había ningún Niño Jesús —dije.

—¡Tonterías! —dijo mi madre—. Un pesebre sin Niño, eso no existe.

De alguna manera, tenía razón.

Observé las figuras más de cerca. José con su túnica marrón, la cuna vacía, el buey echado, la mula de pie, las ovejas con los rizos de lana blanca, el pastor con una amplia capa verde, el ángel con síndrome de Down. María, delicada, arrobada en una capa azul.

Y de repente lo vi. Minúsculo, apenas visible y totalmente hundido en los brazos de María.

—¡Ahí está! —dije—. El niño, aquí, ¿lo ven? María lo ha tomado en brazos.

Y en aquel momento de silencio, todo el ajetreo, las disputas y las preocupaciones desaparecieron.

Los tres nos quedamos deslumbrados mirando, tal y como la familia en el pesebre, al niño minúsculo y perfecto, acurrucado en los brazos de su Madre. Nunca en mi vida había visto un belén así.

Jutta Treiber

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