La historia que les voy a contar es la historia del buñuelo dorado.  Los buñuelos, muy bien asados y dorados, hermosamente apilados en un bello plato, se asemejan a un castillo por conquistar.

Los últimos son los mejores. Tienen más azúcar y apenas los tocamos se deshacen en dulzura. Para comerlos, tomamos delicadamente uno de los últimos, lo deslizamos en la bandeja con un empujón para embeberlo en el almíbar y, con un gesto rápido para que no gotee sobre el mantel, lo llevamos a la boca.  El crujido que hace entre nuestros dientes es pura música con azúcar.

En aquella cena de Navidad, todos habían comido buñuelos.

—Están deliciosos —opinaban.

Y, porque eran una delicia, sólo quedaba uno en el fondo de la bandeja. Una isla pequeña e hinchada, rodeada de un mar de azúcar. Todas las miradas convergían sobre él, y él crujía en reflejos de oro. Una tentación.

Alrededor de la mesa, le decían al abuelo:

—Queda uno solo. ¿Por qué no lo come?

El abuelo se volvía entonces hacia la abuela y le cuchicheaba:

—¡Cómelo tú, vamos!

La abuela no quería.

—Comedlo vosotros —decía, señalando primero al buñuelo y luego a sus hijos.

—Yo he comido demasiados —se disculpaba uno.

—Yo también tengo mi cuenta —decía el otro.

—¡Ni uno más! —declaraba un tercero.

Parecía que nadie quería asumir la responsabilidad de comer el buñuelo. Sin embargo, él estaba ahí, muy dorado, sobresaliendo en el medio del almíbar. Daba ganas de verlo y… de comerlo.

Sin embargo, alrededor de la mesa nadie se decidía. Mientras, el buñuelo, el último buñuelo, iba de boca en boca, sin entrar en ninguna. Tía Luisa dijo por fin:

—Que se lo coman los niños. Quiero ver cuál de mis sobrinos es el primero.

Ningún entusiasmo. Cada uno se quedó esperando al primo de al lado, y el primo de al lado al otro primo de al lado…

—Me parece que nadie se lo va a comer —dijo alguien del otro extremo de la mesa—. Quizás es un buñuelo mágico…

Se miraron los unos a los otros sonriendo.

La cena había terminado. Los niños tenían sueño, el abuelo también. Se arrastraron las sillas y la familia se marchó.

—Mañana se arregla todo —dijo tía Luisa, y apagó la luz del comedor.

Cuando todos se habían marchado, el buñuelo en medio de la mesa, comenzó a brillar. Intensamente. Lo crean o no, brillaba como si fuera hecho de luz. Como un pequeño sol o un poco de oro deshaciéndose en azúcar.

A. Torrado

Anuncios