Cuando Ángela, mi madre, tenía seis años, le daba mucha pena el Niño Jesús que estaba en el belén de la iglesia de San José, cerca del callejón de la Escuela, donde vivía ella.

Pensaba que el Niño Jesús tenía frío, y se preguntaba por qué no le había arropado nadie con una manta el cuerpecito regordete. Parecía bastante contento y sonreía a su madre, la Virgen María, y a San José, y a los tres pastores que llevaban a cuestas corderitos, tan abrigados con sus vellones. Aunque el Niño Jesús hubiera tenido frío, no se habría quejado, porque no habría querido dar el más mínimo disgusto a su mamá.

La pequeña Ángela no se conformaba con eso. También ella solía tener frío, y hambre, pero no se quejaba por miedo a que su madre, sus hermanos y su hermana le dijeran que dejase de rezongar. Así lo decían en Irlanda cuando alguien se quejaba y protestaba. No; tenía que hacer algo por el pobre Niño Jesús, y sin decir nada ni a un alma.

Pocos días antes de la Navidad, se escondió en un confesonario, en la parte del centro, donde se sienta el cura, y de vez en cuando se asomaba a ver si la iglesia estaba vacía. Quedaban algunos viejos, como la señora Reidy y el señor King, que rezaban arrodillados en los bancos, sorbían y se daban golpes de pecho, y Ángela se preguntaba por qué no se irían a sus casas a tomarse una buena taza de té bien cargado de azúcar. Cuando se le escapó un leve estornudo los viejos pusieron cara de susto, preguntándose de dónde habría salido aquel ruido. Se susurraron unos a otros que debía de haber un fantasma en la iglesia, y se largaron tan deprisa como pudieron.

La pequeña Ángela esperó un poco hasta cerciorarse de que la iglesia estaba vacía. Ya no oía más que las conversaciones de la gente que pasaba por la calle y el clop, clop de los cascos de los caballos.

Pensó en lo que iba a hacer. Sabía, porque se lo habían enseñado en la escuda, que robar es una cosa mala y que te podían castigar. Te podían mandar a la cama sin cenar, sin tomarte una taza de té siquiera. Si te podían castigar hasta por coger un penique del monedero de tu madre, ¿qué castigo te impondrían por robar al Niño Jesús? La misma madre de Ángela le daría unos azotes en el trasero, seguro, pero ella prefería no pensarlo. Tenía que ocuparse del pobrecito Niño Jesús antes de que terminara por ponerse morado de frío.

Le sorprendió lo frío y lo rígido que estaba; no era blandito como los niños de pecho de su callejón. Cuando lo levantó del pesebre, el Niño siguió sonriéndole como sonreía a todos los demás, a la Virgen María, a San José, a los tres pastores tan simpáticos con sus corderos y a los tres Reyes Magos, con todos sus regalos.

La pequeña Ángela sintió lástima de ellos, porque ya no podrían seguir mirando al Niño Jesús, pero no parecía que a ellos les molestara. Además, lo importante era darle calor, y los otros no iban a negárselo.

Tendría que ir con cuidado. No quería que nadie la viera llevar al Niño a su casa. Bajó rápidamente, al trote, por el pasillo entre los bancos de la iglesia, y salió a la calle, donde ya había oscurecido. Las farolas de gas arrojaban su luz vacilante a lo largo de las calles, y ella podía esconderse y esperar en las tinieblas profundas que había entre farola y farola. Hacía frío, y la gente que pasaba no estaba de humor para ponerse a mirar a una niña pequeña que llevaba algo blanco en medio de aquella oscuridad. La gente quería llegar a su casa para tomarse una buena taza de té caliente mientras se calentaba las piernas a la lumbre.

Entonces se detuvo. ¿Cómo iba a meter al Niño Jesús en su casa, donde todo el mundo fisgaría y le preguntaría qué hacía y quién era ése?

No entraría por la puerta principal. Detrás de su casa había un callejón por donde podría pasar al Niño por encima del muro y meterlo en el patio trasero de la casa. No; el muro era demasiado alto. Ella podía subirse al muro sola, pero no podría subir llevando al Niño. Le habló.

—¿Me ayudarás, pequeñín? ¿Me ayudarás?

El Niño le ayudó. Le digo, dentro de su cabeza, que lo arrojara por encima del muro para recogerlo después al otro lado. Eso era difícil. Ella lo arrojó una vez y otra sin conseguirlo, hasta que a la tercera vez el Niño pasó por encima del muro. Entonces, ocurrió una cosa terrible. Cuando la pequeña Ángela se subió al muro y miró al patio trasero de su casa, no había ni rastro del Niño. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Dónde se habría metido? Ángela sólo tenía seis años, pero sabía lo grave que era perder al Niño Jesús. Si no lo encontraba, el Niño tendría frío y se pondría a llamar a su madre.

¡Ah!, allí estaba, tan blanco en medio de aquella oscuridad, tendido en el patio trasero de la vecina ciega, la señora Blake.

Desde lo alto del muro, le habló con severidad ¡Ella que intentaba ayudarle! Y él no tenía excusa para comportarse así, volando como un pájaro y aterrizando en un patio donde no pintaba nada. Le dijo:

—Niño Jesús, estoy por dejarte ahí, en el patio de la señora Blake.

Pero no podía hacer tal cosa. Si Dios se enteraba, seguro que la tenía toda una semana sin un dulce y sin un bollo. Dijo al Niño:

—Cuando te tire por encima del muro, no debes aterrizar en el patio de la señora Blake. No debes volar de un lado a otro como un ángel.

Bajó al patio de la señora Blake y lo recogió. Esta vez, el Niño salvó el muro al primer intento y cayó en el patio de la pequeña Ángela, lo que demostró que le prestaba atención, a pesar de que seguía con la misma sonrisa. A ella le encantaba cómo seguía teniendo extendidos los brazos y las manos, como cuando estaba en el pesebre. Bajó al patio de su casa, le dijo que era un Niño bueno por haber ido donde lo había tirado, y lo abrazó para darle calor en aquella noche fría y oscura de diciembre.

Estuvo a punto de morirse del susto cuando crujió la puerta trasera de su casa y apareció su hermano Pat, que iba al retrete. Pat se detuvo y la miró fijamente, a ella y al Niño, pero a ella no le importó, porque Pat también era como un niño pequeño y solía decir tonterías que ni ella misma diría.

—¿Ese que llevas ahí es el Niño Jesús?

—Lo es.

—Tendría que estar durmiendo en su pesebre, allí en la iglesia, y tú lo tienes aquí con este frío…

—Le estoy dando calor —dijo ella.

—Su madre se va a enfadar cuando lo eche en falta.

—No le importará. También ella quiere que esté al calor.

—Entonces, bueno.

Pat entró en el retrete y ella recorrió con pasos silencillos el pasillito y subió por las escaleras. Cuando llegó al rellano, se detuvo al oír la voz de Pat.

—Mamá. Ángela tiene al Niño Jesús ahí arriba.

—Ay, bueno, Pat, cariño —dijo su madre—. ¡Qué imaginación tienes! Ven aquí a sentarte y tómate el té.

—Es verdad, mamá. Tiene al Niño Jesús allí arriba, y está todo blanco y tiritando.

—Bueno. Pat. Hablaremos con ella

—Su mamá estará hecha una furia.

—Tú no te preocupes, Pat.

La pequeña Ángela sabía que no podría tener toda la noche al Niño en la cama que compartía con su hermana Aggie. Lo dejaría descansar allí un rato, bien arropado con una manta, y cuando fuera la hora de dormir, lo metería debajo de la cama, esperando que estuviera cómodo hasta el día siguiente.

A la hora del té, a su madre le sorprendió verla bajar por las escaleras en vez de entrar por la puerta principal.

—¿Es que estabas descansando un ratito?

—Eso es.

Después de tomar el té, a la pequeña Ángela le dejaban sentarse a la lumbre a escuchar las conversaciones de su familia. Ella siempre quería intervenir, pero le decían que era muy pequeña y que se callara. ¿Cómo iba a decir nada que tuviera importancia con seis años?

La cosa no le importó nada aquella noche. Tenía un gran secreto, al Niño Jesús en la cama del piso de arriba, bien arropadito. Le costaba trabajo guardar el secreto, pero no podía decir ni palabra porque todos querrían verlo y jugar con él como si fuera un muñeco cualquiera. Ella había tenido una vez una muñeca, y todavía lloraba cuando se acordaba de cuando su hermana Aggie le había arrancado la cabeza y se había echado a reír.

Su familia volvió a echarse a reír cuando Pat les dijo que había visto a Ángela con el Niño Jesús en brazos, ahí fuera, en el patio trasero; pero cuando se rieron, él exclamó:

—Tiene a Dios en la cama; sí que lo tiene.

—Está bien, Pat, está bien —dijo su madre. Se notaba que quería llevarle la corriente—. Vamos a subir todos a ver si está en la cama el Niño Jesús.

La pequeña Ángela, junto a la lumbre, se quedó aterrorizada. ¿Qué haría si la familia subía al dormitorio y se encontraba al Niño Jesús en la cama? Seguro que su madre le daba unos azotes y la mandaba a la cama sin su té y sin su pan.

Siguió escaleras arriba a su madre, y a su hermano Tom, y a su hermana Aggie, y a su hermano Pat, que tenía la culpa de todo el lío.

El cuarto estaba a oscuras, pero aun así se veía al Niño Jesús en la cama, con la cabeza apoyada en la almohada y con los brazos extendidos, aunque con la oscuridad casi no se veía aquella sonrisa encantadora suya.

—¡Dios mío! —exclamó la madre de la pequeña Ángela—. ¿Es éste el Niño Jesús de la iglesia de San José?

La pequeña Ángela se quedó callada cuando todos dijeron «lo es». Su madre se volvió hacia ella.

—Ángela, ¿has metido tú a ese Niño en la cama? Dime la verdad, porque decir una mentira delante del Niño Jesús es peor que el pecado más grande del mundo.

A la pequeña Ángela le dieron ganas de llorar, pero no lloró. Algo dentro de su cabeza le decía que en un momento así no servía de nada llorar.

—Sí, he sido yo.

—¿Y por qué, por el amor de Dios?

—Tenía frío en el pesebre y quise darle calor.

Tom y Aggie se rieron, pero su madre los mandó callar. La pequeña Ángela notó que Pat, que tenía la culpa del lío en que estaba metida, no se había reído. Pat dijo:

—Yo quiero al Niño Jesús. Yo cuidaré de él para que no tenga frío.

—¡Ay, Pat! ¡Ay, Pat! —dijo su madre—. Desde luego que tenemos que volver a llevarlo con su pobre madre, la Virgen María, allá en la capilla.

Entonces el niño se echó a llorar.

—Por favor, mamá, por favor, mamá… Yo le daré calor y le diré a su madre que lo tenemos en la cama, que aquí está a salvo.

A la pequeña Ángela le dieron ganas de decirle a Pat que había sido ella la que había traído al Niño Jesús, y que él no tenía derecho a hablar ni ir a decirle a la Virgen María dónde estaba su hijo.

—Mamá… —dijo la pequeña Ángela.

—¿Qué? —replicó su madre con voz cortante.

—Quiero dar calor yo al Niño Jesús. No quiero que Pat haga nada.

—Es tu hermano. Quiere al Niño Jesús.

—No me importa.

—En cualquier caso, el Niño Jesús tiene que volver con su madre ahora mismo.

Entonces fue a la pequeña Ángela a la que se le saltaron las lágrimas.

—¡Por favor, por favor! ¡Mamá, por favor…!

—Tiene que volver, Ángela, y ojalá que no tengamos un problema con el párroco.

Su madre envolvió al Niño en su chal negro de salir a la calle y todos fueron juntos hasta la vuelta de la esquina para devolverlo a su madre y a San José y a los pastores con sus corderos tan calentitos y a los tres Reyes Magos.

Pero se llevaron una sorpresa al encontrarse la puerta de la iglesia cerrada con llave, y un susto mayor cuando se abrió la puerta y apareció el párroco, el padre Creagh, que salía acompañado de un policía.

—Madre de Dios —dijo la madre de la pequeña Ángela.

—¿Qué es esto? —dijo el párroco.

—Es el Niño Jesús —dijo la mujer.

—Ya lo veo. Llevamos dos horas como locos desde que apareció vacío el pesebre. ¿Quién se lo llevó? Tenemos que saberlo, y habrá que detenerlo. ¿Quién se lo llevó?

La pequeña Ángela tiró de la manga del cura.

—Fui yo. Tenía frío en el pesebre, y me lo llevé a casa para darle calor.

El cura miró al policía, y el policía sacudió la cabeza.

—El Señor nos asista —dijo el policía. Apoyó la mano en el hombro de la pequeña Ángela y dijo al cura—: ¿Tendremos que detener a esta niña, padre? ¿La metemos en la cárcel de Limerick?

—¡No! —dijo Pat—. ¡No, no, no, no! No metan a mi hermana en la cárcel. Sólo estaba dando calor al Niño Jesús. Métanme a mí en la cárcel de Limerick.

El pobre Pat no sabía lo que decía, pero, en cualquier caso, fue su madre la que se echó a llorar entonces.

—¡Ay, Pat! —decía—. ¡Ay, Pat!

Sostenía al Niño Jesús con un brazo, pero atrajo a su hijo hacia ella, hacia su falda.

—¡Ay, Pat, cariño! ¿Estás dispuesto a ir a la cárcel por tu hermanita?

—Lo estoy. Lo estoy. Quiero al Niño Jesús y quiero a mi hermanita.

El extraño fueran las lágrimas que brillaban entonces en las mejillas del cura, a la luz de la luna de aquella noche de diciembre. El policía tosió e hizo un molinete con la porra.

El párroco volvió a entrar en la iglesia, carraspeó e invitó a todos a pasar, pues en la calle hacía mucho frío.

—Tenemos que volver a dejar al Niño con su pobre madre —dijo a la pequeña Ángela.

Subieron por el pasillo central, entre los bancos, y cuando llegaron a la baranda del altar, el cura tomó al Niño Jesús de las manos de la madre de Ángela. Se lo entregó entonces a la niña y la acompañó hasta el pesebre.

—Ya puedes volver a dejarlo en su cunita —le dijo en voz baja y delicada.

—Pero… tendrá frío —dijo ella.

—¡Ah, no! —dijo el padre Creagh—. Cuando no estamos aquí nosotros, su madre, Nuestra Señora, se encarga de que esté bien calentito.

—¿Está usted seguro?

—Lo estoy.

Cuando la pequeña Ángela volvió a dejar al Niño Jesús en el pesebre, éste sonrió como sonreía siempre, tendiendo los brazos al mundo.

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Frank McCourt

Ángela y el niño Jesús

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