El roscón de Reyes se tomaba muy en serio. Incluso tenía muchos nombres, todos reales: Rosca de Reyes, Rosco de Reyes e hasta Pastel de Rey. Sin discusión alguna, él era el rey de los pasteles.

Así, una vez que se le cayó una pasa de uva de la corona, inmediatamente ordenó al bizcocho inglés:

—¡Tráeme esa pasa!

El queque se hizo el desentendido y le dijo:

— Sorry! I don’t understand…

Lo que quiere decir, en inglés, que lo sentía, pero que no le había entendido.

El roscón se volvió hacia el pastel de nata y le ordenó lo mismo. Quería la pasa en su corona.

El pastel de nata, que sufría de exceso de nata, se liaba al hablar.

—Fla, plefe, pflú, pfló…

Y no se le entendía nada.

El roscón, muy irritado, ordenó lo mismo al pastel de almendras, que le respondió:

—¡Pues a mí también se me cayó una almendra tostada y no me quejo!

El roscón, cada vez más exaltado, dio entonces la orden al budín de gelatina, pero como éste era muy frágil y nervioso, comenzó a tremer y a tremer, y fue incapaz de decir o hacer nada, fuera lo que fuera.

—Mis súbditos son unos rebeldes —gritó el roscón muy exaltado—. ¡Os condeno a todos a ser cortados en rebanadas!

Y eso fue lo que pasó, ni más ni menos. Y ni siquiera el roscón escapó a tan triste destino.

A. Torrado

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