Se le hacía tarde. Año Nuevo se incorporó nervioso y trató de recomponerse a toda prisa.¿Cómo había podido descuidarse tanto? ¿Cómo había dejado que el tiempo corriera de aquella manera? Y, sin embargo, antes de partir debía asegurarse de que todo estaba en su sitio. Demasiadas cosas dependían de eso. 

Así que se palpó bien todo el cuerpo y supo que el otoño estaba donde siempre, que los álamos sin hojas de enero tiritaban ya junto al regato de la vaguada, que las hierbas brotaban sobre el prado donde en primavera el joven ternerillo probaría por vez primera su sabor agrio.

¡Rápido, rápido, no tenía ni un instante que perder! Se ajustó las selvas, revisó los desiertos, inspeccionó los océanos, retocó con mimo la hilera de gorriones que el 4 de mayo se posaría en el alambre mohoso de la cerca. ¡Todo estaba donde tenía que estar, y él hacía rato que debería andar ya en camino! Sabía que si se retrasaba solo un minuto en llegar al encuentro con Año Viejo, el tiempo se detendría, y el año que ahora comenzaba sería todo un desbarajuste. ¡Qué cabeza la suya! ¡Pero ya salía, ya salía!

Lo malo es que no acababa aún de salir cuando sintió en su rostro el anzuelo de una mirada. Sentía que alguien, ¿cuándo?, ¿desde qué preciso lugar?, le estaba mirando, que unos ojos pequeños se clavaban con fuerza sobre los suyos mucho más grandes. Año Nuevo tenía mucha prisa, pero no tuvo más remedio que detenerse un instante y volverse hacia, ¿dónde?

Se tanteó África, a la altura de junio, entre un retal de sabana reseca y el comienzo de la estación húmeda, que este año iba con algo de retraso. Allí estaba aquel niño que le miraba, tendido sobre el suelo y sin apenas fuerzas para seguir respirando. Junto a él había otros niños más, algunos con los ojos ya cerrados. Se levantaban alrededor tiendas de campaña, un revuelo de médicos cruzaba el polvo de un lado para otro, llantos, gritos y una bandera sucia con una cruz roja arrugada.

Maria, una joven doctora, miraba al niño tendido en el suelo y hacía un gesto de resignación mientras le tomaba el pulso:

—Demasiado tarde —le dijo al enfermero.

—Su padre murió al poco de llegar aquí —respondió este.

Los dos preferían no mirarle a los ojos, y por eso el niño miraba a Año Nuevo con tanta insistencia, como si esperase de él alguna clase de respuesta.

¡Bueno, a Año Nuevo no se le ocurría ninguna cosa, y los pasos de Año Viejo resonaban ya al otro lado de las doce campanadas!

Pero Año Nuevo miró otra vez a Mamadou —el niño se llamaba Mamadou— y suspiró. Menos mal. Porque mientras corría a su cita sintió cómo su suspiro se condensaba en forma de nube, cómo el viento agarraba esa nube y la empujaba por los fríos corredores del firmamento, cómo las estaciones discutían brevemente y alojaban a la nube en el día preciso, cómo aquel suspiro rompía a llover por fin sobre el campo de mijo que el padre de Mamadou podría al fin recoger.

¡Oh, Año Nuevo sabía que ese puñado de grano apenas fue nada! Sabía que el padre de Mamadou moriría al poco de llegar al campo de acogida, sabía que Mamadou le miraría tendido bajo el guiñapo de aquella cruz roja. Pero gracias a ese poco de mijo que tomó en mayo, María pudo decirle al enfermero: «¡Rápido, todavía estamos a tiempo!». Y Año Nuevo alcanzó a ver un resplandor azul en los ojos azules de la doctora.

Por eso ahora que yo acabo de escribir estas líneas, ahora que sé que Año Nuevo llegó a tiempo de ver a Año Viejo y que este año no será ningún desbarajuste, sonrío mientras María y Mamadou toman su té a mi lado.

Mamadou apenas habla todavía español, pero parece entenderlo ya casi todo. María, su nueva madre, cuenta algo gracioso, y entonces es Mamadou quien sonríe mientras sorbe su taza de té.

José Zafra

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