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Este año he tratado de ser muy claro en mi carta a Papá Noel.

En el pasado hubo unos cuantos malentendidos.

Por ejemplo, el año pasado pedí un coche de carreras rojo descapotable, con un rayo brillante pintado en las puertas y con faros abatibles.

Y Papá Noel me lo trajo. Pero medía tres centímetros, o cuatro.

Y el año anterior, yo quería un trampolín de los de verdad. Pero como aún no sabía escribir bien, le describí como pude lo que quería. Y me trajo un boti-boti.

Por eso, este año, he tenido mucho, pero que mucho cuidado. Le escribí una carta muy larga a Papá Noel diciéndole que me gustaría tener un pingüino como mascota. Pero no uno de esos con relleno y peluche, sino uno de verdad, de Ios del Polo.

Le puse que mi pingüino debía medir cuarenta centímetros, ser de color blanco y negro, con el pico amarillo y que tenía que llamarse Osvaldo. Hasta le hice un dibujo.

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Puse sellos de más en el sobre y lo envié con un mes de antelación.

Y esperé.

El día de Navidad fui el primero en bajar las escaleras.

¡Y allí estaba!

Era blanco y negro, tenía el pico amarillo y medía exactamente cuarenta centímetros.

Se movía.

Respiraba.

¡Hacía de todo!

Llevaba una etiqueta alrededor del cuello que decía: Hola me llamo Osvaldo.

¡Papá Noel sí que me había entendido bien esta vez!

Yo quería enseñar a Osvaldo a todo el mundo.

Y también llevármelo a mi habitación.

Además, quería abrir mis otros regalos.

Pero Osvaldo sólo quería salir a jugar.

Afuera hacía mucho frío y mucho viento. Había una buena capa de nieve y no brillaba el sol.

Pero yo había pedido a Osvaldo. Y ahora ya lo tenía.

Así que salimos a jugar.

Jugamos a deslizarnos por debajo del iglú.

Hicimos batallas de bolas de nieve y construimos pingüinos de hielo.

Escapamos de las garras de imaginarios leopardos marinos.

Luego Osvaldo quería que fuésemos a nadar, pero tuve que explicarle que esa noche sería imposible. Así que, en vez de nadar, cantamos antiguas canciones de pingüinos.

Por la noche, yo ya me había preparado para ir a la cama. Había sido un día muy largo. Pero Osvaldo quería darse un baño.

Abrió el grifo a tope y nos metimos en la bañera. Osvaldo le quitó el papel a todas las pastillas de jabón para que flotasen en el agua como si fueran icebergs.

Un rato después yo ya tenía los dedos arrugados y me picaba la piel de tanto jabón.

Pero yo había pedido a Osvaldo. Y ahora ya lo tenía.

Y a Osvaldo le encantaba jugar en el agua fría.

Por la mañana, mi madre nos dijo que podíamos desayunar lo que quisiéramos.

¡Umm!, cerré los ojos e imaginé un montón de galletas crujientes, cereales, chocolate caliente, mermelada, zumo de mango…

Pero a Osvaldo no le gustaban los dulces. Sólo le gustaba la comida cruda y fría.

Su desayuno favorito era arenques frescos con ensalada de algas.

Y eso fue lo que desayunamos.

Después del desayuno me tocaba hacer algunas tareas de la casa. Tenía que lavar los platos y ordenar mi habitación.

Cuando acabé me encontré con que Osvaldo también había estado trabajando. Había construido un pueblo entero con tarta helada, cubitos de hielo, y todas las tarrinas de helado que había en el congelador.

Y todo comenzaba a derretirse.

Osvaldo, claro, no sabía limpiar.

Pero yo había pedido a Osvaldo. Y ahora ya lo tenía.

Así que tuve que arreglar yo solo aquel desastre.

Por la tarde, mientras Osvaldo miraba atentamente el parte meteorológico, le escribí en secreto una carta a Papá Noel:

Querido Papa Noel:

¿Cómo estás tú y tu mujer? Nosotros bien.

Gracias por el genial pingüino Osvaldo. Nos damos juntos baños helados y desayunamos arenques con nata.

Ya me estoy acostumbrando a pasar todo el día en la nieve.

He comprobado que después de todo no te quedas congelado. 

Tu amigo Juan. 

Pd. Una cosa más, si crees que quizá debería haberte pedido otra cosa y quieres cambiármela, a mí no me importa.

Y mientras Osvaldo miraba embobado el catálogo de artículos para la nieve, salí a echar la carta.

Dos días después, al despertarme, encontré un paquete a los pies de la cama.

Tenía una etiqueta con mi nombre y la firma NOEL.

Dentro del paquete había un jersey rojo y dos entradas para la inauguración de El Mundo Antártico en el Zoológico.

Osvaldo quiso salir enseguida (bueno, antes hizo una escultura con el papel de regalo), pero no quería ir en autobús. El zoo estaba muy lejos de casa. Pero yo había pedido a Osvaldo y ahora ya lo tenía.

Así que fuimos caminando.

Cuando llegamos al pabellón del Mundo Antártico, Osvaldo se dirigió como un rayo al palacio de los pingüinos.

Allí había una colina nevada enorme con un tobogán de hielo que caía sobre una inmensa piscina. Había leopardos marinos pintados en la pared y trozos de hielo de verdad flotando en el agua.

Y luego se abrió una puerta y apareció un hombre que comenzó a repartir arenques a los pingüinos.

Cuando llegó la hora del cierre, le dije a Osvaldo que teníamos que marcharnos. Al verle venir hacia a mí con su paso de pingüino me di cuenta de que allí, en el palacio de los pingüinos, él tenía todo lo que gustaba.

Osvaldo había sido el mejor regalo de Papá Noel de mi vida porque me había traído lo que yo de verdad quería. Había pedido Osvaldo y lo había tenido.

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Pero Osvaldo necesitaba toboganes de hielo, leopardos marinos y montones de arenques. Le pregunté si no sería más feliz viviendo en el palacio de los pingüinos. Me miró a los ojos y asintió con la cabeza.

Ahora me siento un poco más solo sin Osvaldo y mi jersey nuevo me pica un poco en el cuello y en la barbilla.

Pero es muy agradable no tener frío, ¡y hoy he desayunado chocolate caliente!

El sábado que viene hay entrada gratis para los niños en el Mundo Antártico y no tengo billete de autobús, pero iré caminando. Me pondré el jersey rojo para que Osvaldo pueda reconocerme.

¡Y sólo quedan once meses para las próximas Navidades!

He pensado mucho y ya sé lo que voy a pedir a Papá Noel.

Estoy seguro de que no habrá problemas si pido un helicóptero.

Elizabeth Cody Kimmel
Mi pingüino Osvaldo
Madrid: Kókinos, D.L 2004

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