La mujer del bandido que vivía en una cueva de la montaña en el bosque de Goinge, se puso en camino un buen día, dirigiéndose al llano para mendigar.

Como el bandido estaba fuera de la ley y no se atrevía a salir del bosque, había de limitarse a poner celadas a los caminantes que se arriesgaban a pasar por aquellos parajes selváticos. Pero no abundaban los viajeros por aquellas soledades del norte de Escania, y si por tal motivo escaseaba la caza del hombre la mujer emprendía sus caminatas. Iba acompañada de cinco arrapiezos, todos provistos de un vestido de piel y calzados de corteza de abedul, y cada uno llevaba a la espalda un zurrón tan largo como su cuerpo. Cuando la mujer del bandido entraba en una granja, nadie se atrevía a rehusarle lo que pedía, porque, si no la trataban con todas las atenciones, no tenía escrúpulos en volver noche siguiente a prender fuego a la casa. La mujer del bandido y sus arrapiezos infundían más temor que una manada de lobos, y más de un labrador les hubiera hincado de buena gana la horca entre las costillas, cosa que nunca sucedía, porque demasiado sabían todos que el hombre acechaba en las asperezas de la montaña, dispuesto a la venganza, si la mujer y los hijos tropezaban con alguna contrariedad.

En sus correrías de pordiosera por las casas de labranza, la mujer del bandido llegó un buen día a Oved que en aquellos tiempos era un convento. Llamó a la puerta y pidió algo con que alimentarse. El portero abrió un ventanillo y le alargó cinco panes redondos, uno para cada uno de sus hijos.

Mientras la madre estaba en el portal, los chiquillos curioseaban por los alrededores del convento y, de pronto, uno de ellos fue a tirarle de las faldas para llamar su atención sobre algo que acababan de descubrir; la mujer los siguió.

Rodeaba el convento un muro alto y espeso, donde el muchacho había descubierto un portillo disimulado, cuya puerta estaba entornada. Al llegar, la mujer del bandido, no dudó en abrirla de par en par, y entró sin pedir permiso, como solía hacerlo.

Gobernaba a la sazón el convento de Oved el abad Hans, versadísimo en el cultivo de las plantas. Aquel portillo del muro daba acceso a un jardinillo, ante el que se encontró la mujer del bandido.

Al primer golpe de vista experimentó tan viva admiración, que se detuvo en el umbral como quien ve visiones. Estaba el verano entonces en todo su apogeo y las flores se amontonaban en tal abundancia por el jardín del abad Hans, que la mirada no abarcaba más que llamitas azules, rojas y amarillas. Pero pronto iluminó su rostro una sonrisa de satisfacción y avanzó por un estrecho sendero que se extendía entre gran número de pequeños arriates.

En el jardín había un lego atareado en extirpar las malas hierbas, y él era quien había dejado la puerta entreabierta para ir arrojando afuera, sobre un montón de escombros, las colas de zorra y rabanizas que arrancaba. Al ver en el jardín a la mujer del bandido con sus cinco hijos, se precipitó a su encuentro, ordenándoles que se marchasen; pero la mendiga siguió adelante, volviendo la cabeza a uno y otro lado para contemplar los lirios enhiestos y blancos que se abrían en un rodal o la hiedra que se encaramaba cubriendo hasta lo más alto de la muralla conventual, y parecía no percatarse de la presencia del hermano lego.

Creyendo éste que la mujer no le había oído, quiso cogerla del brazo para conducirla a la salida; pero al advertir la mujer del bandido cuál era su intención, le dirigió una mirada que le obligó a retroceder. Y si hasta entonces había avanzado con la espalda algo encorvada bajo las alforjas, en aquel punto se irguió cuanto pudo para decir:

—Soy la mujer del bandido. Tócame ahora si te atreves.

Y claro se veía que, al acabar de pronunciar estas palabras, se sentía tan segura de no ser molestada, como si hubiera sido la misma reina de Dinamarca.

De todos modos, el hermano lego se atrevió a amonestarla; aunque sabiendo quién era, le habló con dulzura.

—Oye, mujer del bandido: has de saber que esto es un convento de monjes y que a ninguna mujer le está permitido pasar de estas paredes. Si no te marchas, los monjes me mirarán con malos ojos porque se me olvidó cerrar la puerta, y hasta es posible que me echen del convento y del jardín.

Pero todos los ruegos eran inútiles para la mujer del bandido, que seguía avanzando hacia el rincón de las rosas, contemplando el hisopo, de flores grises de lino, y el cinamomo, cargado de corimbos anaranjados.

En vista de aquello, el hermano lego creyó que no había más remedio que correr al convento en busca de ayuda.

Volvió con dos monjes robustos. La mujer del bandido, comprendiendo que la situación se estaba agravando, se plantó en mitad del sendero con las piernas bien separadas y empezó a gritar con voz chillona la horrible venganza que caería sobre el convento si no le era permitido permanecer allí todo el tiempo que le viniera en gana. Pero los monjes, no creyendo que fuese tan temible, sólo pensaron en arrojarla a viva fuerza. Entonces, la mujer del bandido, lanzando gritos espantosos, se abalanzó contra ellos, agrediéndoles a arañazos y a mordiscos, en lo que la imitaron a cual mejor todos sus hijos. Pronto se percataron los tres hombres de que la mujer podía más que ellos. No les quedaba otro recurso que entrar en el convento en busca de refuerzos.

Por el camino que conducía a la entrada del cenobio encontraron al abad Hans, que iba a toda prisa a enterarse de la causa del alboroto que se oía por el lado del jardín. Tuvieron que confesarle que la mujer del bandido de Goinge estaba en el convento, y que, no habiendo podido ellos echarla, no tenían más remedio que ir en demanda de refuerzos.

Pero el abad los reprendió por haber recurrido a la violencia y les prohibió que pidiesen auxilio. Mandó a los dos monjes a sus asuntos y, aunque era viejo y achacoso, se dirigió al jardín sólo con el hermano lego.

Al entrar en el jardín el abad Hans, la mujer del bandido seguía paseando tan tranquila entre los arriates. El abad no salía de su asombro viendo a la mujer del bandido. No tenía la menor duda de que aquella mujer en su vida había visto un jardín, y no obstante se paseaba entre los arriates, en cada uno de los cuales se abrían flores diferentes y exóticas, y las contemplaba como si se tratase de viejas amigas. Por su actitud se adivinaba que conocía la hiedra, la salvia y el romero. Ante unas flores sonreía, ante otras movía la cabeza.

El abad Hans amaba su jardín cuanto le era dable amar una cosa terrena y perecedera. Por salvaje y peligrosa que pareciese la extraña mujer, no podía el abad dejar de admirar que hubiera sostenido una lucha contra tres monjes, para entregarse después a la contemplación del jardín. Se le acercó y le preguntó con dulzura si le gustaba.

La mujer del bandido se volvió súbitamente contra el abad Hans, porque no esperaba más que emboscadas y acometidas; pero al ver sus cabellos blancos y su cabeza humillada, contestó en tono pacífico:

—A primera vista me pareció que jamás habían contemplado mis ojos un jardín más hermoso; pero ahora advierto que no vale tanto como otro jardín que yo sé.

El abad esperaba sin duda otra respuesta. Al oír que la mujer del bandido había visto otro paraíso más precioso que el suyo, un ligero rubor asomó a las arrugadas mejillas.

El hermano lego, que estaba muy cerca, ardía en deseos de dar una lección a la mujer del bandido.

—El que te habla —le dijo— es el mismo abad Hans, que con mucha perseverancia y mucha inteligencia ha reunido, tomándolas de varias procedencias, las flores de su jardín. Todos sabemos que no hay jardín más rico que el suyo en toda la región de Escania, y no está bien que tú, que vives en lo más áspero del bosque, menosprecies su obra.

—De ningún modo pretendo convertirme en juez vuestro —replicó la mujer del bandido—. Sólo digo que, si os fuera posible ver el paraíso de que hablo, arrancaríais todas las flores que aquí se ven, y las arrojaríais como si fuesen abrojos.

Pero el jardinero ayudante estaba casi tan orgulloso de sus flores como el abad Hans, y al oír aquellas palabras se echó a reír con desprecio.

—Demasiado se ve —dijo— que sólo hablas de este modo para sonsacarnos. Me gustaría ver el bonito jardín que debes de haberte arreglado entre los enebros y los pinos del bosque de Goinge. Me atrevería a jurar por la salud de mi alma que en tu vida, hasta el día de hoy, habías puesto los pies en un jardín.

La mujer del bandido montó en cólera, viéndose tan ignominiosamente tratada de embustera, y exclamó:

—Es posible que hasta hoy no haya puesto los pies en un jardín, pero vosotros, monjes, que sois hombres santos, habríais de saber que, todas las noches de Navidad, el gran bosque de Goinge se convierte en un paraíso para solemnizar la hora del Nacimiento de Nuestro Señor. Nosotros, que vivimos en el bosque lo vemos cada año, y en aquel jardín he visto plantas de tanta magnificencia y hermosura, que ni siquiera me he atrevido a cogerlas.

El hermano lego quería porfiar, pero el abad le hizo una señal para que callase, porque desde los tiempos de su niñez había oído decir que en la noche de Navidad el bosque se adornaba con maravillosas galas. Más de una vez había deseado presenciar el milagro y nunca lo había logrado.

De aquí que empezara a rogar y a implorar a la mujer del bandido que le permitiera hospedarse en la cueva la noche de Navidad. No tenía más que mandarle a uno de sus hijos para que le mostrase el camino. Iría solo hasta su guarida, a caballo, y nunca les haría traición: al contrario los recompensaría del mejor modo que estuviese a su alcance.

Al principio, la mujer del bandido rechazó esta propuesta, porque pensaba en su hombre, en el bandido, y en el peligro que podría correr a consecuencia de la visita del abad Hans a la cueva; pero, el deseo de probar al monje que el jardín a que ella se refería era incomparablemente más hermoso que el suyo, dominó sus temores y acabó por acceder.

—No traerás sino un compañero —le dijo—. Y no nos armaréis ningún lazo ni emboscada, y prometerás, con tu palabra de hombre santo, no hacernos mal.

El abad lo prometió y la mujer del bandido, una vez cerrado el trato, se alejó. Pero el abad intimó al hermano lego la orden de no decir a nadie una palabra de lo que se había tratado. Temía que los monjes, enterados de sus proyectos, no permitieran que un hombre de su edad fuese a la cueva de los bandidos.

Él, por su parte, se prometía enérgicamente no revelar sus propósitos a nadie.

Sucedió que, al cabo de algún tiempo, el arzobispo Absalón de Lund llegó a Oved, donde pasó la noche. Mientras el abad Hans enseñaba a su huésped el jardín, le vino a la memoria la visita de la mujer del bandido, y el hermano lego que allí trabajaba oyó cómo contaba al obispo el caso del bandido que vivía desde muchos años confinado en el bosque. Y oyó cómo el abad pedía una carta de absolución para el bandido, para que pudiera empezar de nuevo una vida honrada entre los demás hombres.

—Si todo continúa como hasta aquí —dijo el abad Hans, sus hijos se convertirán con el tiempo en facinerosos peores que su padre, y pronto tendremos que soportar en el bosque a una cuadrilla de bandidos.

El arzobispo Absalón contestó que, a pesar de todo, no podía permitir que el único bandido de aquellos bosques se mezclase con la gente honrada de los llanos. Era preferible para todos que permaneciera en las asperezas de la montaña.

El abad Hans, en su exaltación, llegó entonces a contar al prelado la historia del bosque de Goinge, que todos los años se transformaba en maravilloso edén para Navidad.

—Si la enfermedad del alma de ese mísero bandido no llega a impedir que los resplandores divinos se muestren a sus ojos —argumentó el abad—, es imposible que sea demasiado depravado para merecer la clemencia de los hombres.

Pero el arzobispo encontró la manera de contestar al abad Hans:

—Puedo hacerte una promesa —dijo sonriente—. El día que me presentes una flor del jardín de Navidad de Goinge, te daré una carta que contendrá la absolución de todos los proscritos por quienes intercedes.

El hermano lego comprendió que el arzobispo tampoco daba crédito a la historia de la mujer del bandido; pero el abad Hans no lo advirtió y dio las gracias a Absalón por su excelente promesa, añadiendo que a todo trance haría llegar a sus manos la flor prometida.

El abad Hans llevó a cabo su proyecto, y el día de Navidad del mismo año no estaba sentado en su convento de Oved, sino camino del bosque de Goinge. Uno de los ariscos hijos de la mujer del bandido corría delante de él. Llevaba el abad por compañero al hermano lego, el mismo que había luchado a brazo partido con la mujer del bandido en el jardín.

El abad Hans había deseado vivamente realizar aquel viaje y estaba muy satisfecho de emprenderlo. Pero muy otro era el sentir del hermano lego que le acompañaba. Quería entrañablemente al abad y no hubiera permitido de buena gana que hubiera sido otro su compañero de viaje y su custodio; pero no creía que les fuese dado contemplar el jardín de Navidad. Creía que todo aquello no era más que un lazo que la mujer del bandido había tendido con mucha astucia para hacer caer al abad Hans en manos de su marido.

Caminando hacia septentrión, en dirección a la selva, el abad notaba que en todas partes se disponían los hombres a celebrar la fiesta de Navidad. En todas las casas de labranza ardía el fuego en el horno de la estufa para preparar el baño de la tarde. Se transportaban cantidades enormes de pan de las despensas a las casas, se acarreaban grandes haces de paja de los pajares para cubrir el piso.

Al pasar por delante de las iglesias rurales, se encontraban al cura y al sacristán, que iban a colgar los tapices más vistosos y, al llegar al camino que conduce al convento de Bosjo, vieron a los pobres de la comarca cargados de panes y de velas que les habían distribuido en abundancia, en el portal del convento.

Al ver el abad Hans aquellos preparativos, aceleró la marcha, pensando que le esperaba una fiesta mucho más grande que la que pudiera celebrar cualquier hombre.

Pero el hermano lego gemía, no cesaba de lamentarse viendo que no había masada, por pequeña que fuese, que no se dispusiera a celebrar la fiesta de Navidad. Cada vez se mostraba más inquieto y conjuraba al abad Hans a volver grupas y a no abandonarse en manos de los bandidos.

El abad Hans proseguía su camino sin preocuparse de las quejas de su compañero. Dejó atrás los llanos y llegó a los aledaños desiertos y selváticos del inmenso bosque. El camino era cada vez más penoso. Ya sólo se encontraba un vericueto erizado de pedruscos y chaparros: ni puentes ni troncos ayudaban al viandante a pasar los ríos y los torrentes. A medida que iban ascendiendo aumentaba el frío y no tardaron en hallar el suelo cubierto de nieve.

El viaje fue interminable y difícil. Se hundían en gargantas por veredas y pendientes resbaladizas, cruzaban eriales y pantanos, atravesaban matorrales y saltaban gigantescos troncos de árboles abatidos por el viento. Cuando ya la noche se les echaba encima, el rapaz los condujo a un prado cercado de árboles altísimos y desnudos y de pinos cubiertos de afilado follaje. Detrás del prado se elevaba un peñascal, donde divisaron una puerta de maderos macizos.

El abad comprendió que habían llegado al término del viaje y se apeó de la mula. El muchacho le abrió la pesada puerta y el abad vio el interior de una pobre cueva hundida en la roca, cuyos flancos vivos aparecían a la vista. La mujer del bandido estaba sentada al lado de un buen fuego de troncos, encendido en medio de la cueva. A lo largo de la pared había lechos de broza y de musgo, en uno de los cuales dormía el bandido.

—¡Entrad, gente del llano! —gritó sin levantarse la mujer del bandido—. Y meted también en casa las caballerías, no sea que el frío de la noche las perjudique.

El abad Hans entró resuelto, y el hermano lego le siguió. El aspecto de la vivienda era mísero, lamentable, y no se había hecho ningún preparativo para la celebración de la fiesta inminente. La mujer del band do no había elaborado ni cerveza ni pan, no había limpiado ni fregado nada. Los rapaces se agrupaban en tierra en torno de un perol; pero el manjar que contenía no era nada extraordinario: sopa escaldada y basta.

La mujer del bandido hablaba con autoridad y aplomo, como si fuese la mujer de un rico hacendado.

—Siéntate aquí, junto al fuego, abad Hans—dijo—, y come, si te has traído comida, porque lo que comemos en el bosque no es para tu boca. Y si te ha fatigado el viaje, puedes descansar en una de estas yacijas. No temas dormir demasiado. Yo velaré junto al fuego y te llamaré, para que puedas ver el milagro, según el deseo que aquí te ha traído.

El abad Hans, obedeciendo a la mujer del bandido, sacó las provisiones. Pero el viaje lo había dejado tan fatigado, que apenas podía comer y, no bien se acomodó sobre la hierba, cerró los ojos.

El hermano lego también fue invitado a reposar en uno de aquellos lechos, pero no se atrevía a cerrar los ojos, porque se creía obligado a vigilar al bandido y a impedir que se levantase y matase al abad Hans. No obstante, el sueño fue venciéndolo poco a poco y acabó por dormirse. Al despertar, vio que el abad Hans se había levantado y estaba junto al fuego conversando con la mujer del bandido. El criminal, el bandido en persona, también estaba sentado junto al fuego. Era un hombre cenceño, de aspecto tosco y taciturno. Permanecía de espalda al abad Hans, fingiendo que no escuchaba el coloquio.

El abad Hans hablaba de todos los preparativos para la fiesta de Navidad que acababa de ver en su viaje a la montaña, y recordó a la mujer del bandido todas las fiestas y bailes a que habría asistido en el tiempo de su Juventud, cuando aún vivía entre gente de paz.

—¡Qué pena me dan vuestros hijos! —dijo el abad Hans—. Nunca podrán correr disfrazados por las galles del pueblo ni jugar sobre la paja esparcida de Navidad.

Al principio, la mujer del bandido se limitaba a dar respuestas secas y cortas; pero, poco a poco, se mostró más comunicativa y escuchó al abad con más atención. De pronto, el bandido se volvió hacia el abad Hans, alargando el puño crispado hasta la cara del huésped.

—¡Monje maldito! —gruñó—, ¿has venido para arrancar de mi lado con tu verbo a mi mujer y a mis hijos? ¿No sabes que estoy fuera de la ley y que me está prohibido bajar de la montaña?

El abad Hans se le quedó mirando a los ojos y le dijo:

—Mi intención es procurar que el arzobispo te otorgue una carta de indulto.

Al oír estas palabras, el bandido y su mujer lanzaron una estrepitosa carcajada. Demasiado sabían ellos qué clase de indulto podía esperar un bandido montaraz de parte del arzobispo Absalón.

—Está bien —dijo el ladrón de caminos—, si recibo una carta de indulto de Absalón no volveré a robar ni el precio de una gallina, palabra de hombre.

Al hermano lego le pareció de muy mal gusto que los bandidos hicieran chacota de lo que les decía el abad Hans, pero éste parecía muy satisfecho. Nunca lo vio el hermano lego tan sereno y tan dulce entre los monjes de Oved como entonces estaba allí, entre los brutales forajidos.

De pronto, se levantó la mujer del bandido diciendo:

—Nos estás hablando con tanto ingenio, que aun nos harías olvidar el bosque. Ya puede oírse desde aquí el sonido de las campanas de Navidad.

Apenas dichas estas palabras, todos se levantaron y se precipitaron fuera. Pero en el bosque no encontraron aún más que la negra noche y el invierno brumoso. Sólo se percibía el repicar de las campanas que el levante traía de muy lejos. Nada más.

—¿Cómo el tañido de las campanas podrá despertar la selva muerta? —pensó el abad. Porque, entonces, envuelto en las sombras invernales, le parecía mucho más imposible que lo que hasta entonces había o, que la selva pudiera convertirse en jardín.

Pero cuando las campanas hubieron repicado un poco, una súbita claridad atravesó la selva. Luego volvieron las tinieblas a ser tan impenetrables como antes; y de nuevo aparecía la luz, luchando como una nube resplandeciente contra la negra arboleda, transformando la noche en un alba naciente.

Entonces se percató el abad Hans de que la nieve desaparecía, como si hubieran desalfombrado el suelo, y la tierra empezaba a cubrirse de verdes renuevos. Los helechos levantaron sus tallos, retorcidos como báculos episcopales. Los brezos de las laderas y el mirto silvestre del aguazal se revistieron repentinamente de atavíos de un verdor claro. Las mantas de musgo se esparcieron y se esponjaron, y las flores primaverales mostraron sus capullos vigorosos, ya listeados de colores.

El corazón del abad Hans empezó a latir aceleradamente al descubrir las primeras señales del despertar de la selva.

—¿Me será deparada a mí, hombre aterido por la senectud, la contemplación de un milagro como éste? —pensaba.

Y las lágrimas brillaban en sus ojos.

Poco a poco, se iba haciendo la oscuridad tan densa, que el abad temió que la noche venciese de nuevo.

Pero pronto lo inundó todo una nueva oleada de claridad. Vino acompañada del murmullo de los riachuelos y del mugir de las cascadas que se desencadenaban. Y esta vez brotaron tan rápidamente las hojas de los árboles, que cualquiera hubiese creído que un enjambre de verdes mariposas acababa de pararse en las ramas. Pero no sólo los árboles y las plantas se desvelaban. Los piquituertos empezaron a posarse entre las ramas. Los picamaderos, a martillear los troncos de los árboles, haciendo saltar trocitos de madera. Una bandada de estorninos que emigraba hacia el norte se detuvo a descansar entre el follaje de un árbol. Los estorninos eran maravillosos. Al extremo de su plumaje brillaba un rojo escarlata y, cuando los pájaros se agitaban, fulguraban como piedras preciosas.

De  nuevo aumentó la oscuridad, pero no tardó en esparcirse una nueva onda luminosa. Soplaba un tibio airecillo que sembraba en el prado rodeado del bosque todas las semillas de los países meridionales, llevadas allí por los pájaros, las aves y los vientos, y que por los rigores del invierno no habían podido crecer en otras partes; al llegar a flor de tierra, arraigaban y brotaban.

Al producirse otra onda de luz, los serbales silvestres se cubrieron de flores, los patos salvajes y las grullas hendían el aire alborotando; los pinzones se daban a fabricar sus nidos, y los pequeñuelos de las ardillas empezaron a jugar ramas adentro.

Se sucedieron tan precipitadamente los acontecimientos, que el abad Hans no tuvo tiempo de fijarse en la grandeza del milagro que a su vista se desplegaba. Y eso que era todo ojos y todo oídos. La oleada siguiente le trajo el olor de tierra recién removida. A lo lejos, los pastores gritaban a sus vacas, y sonaban las campanillas de los corderos. Los pinos y los abetos se llenaron de tal modo de pinas encarnadas, que se hubiera podido decir que los árboles llevaban manto de púrpura. Las bayas de los enebros cambiaban de color por momentos. Las flores cubrieron la tierra blanca, azul, dorada.

El abad Hans se inclinó y cogió una flor de fresa. Mientras se incorporaba maduró el fruto. La zorra salió de su madriguera con toda su camada, de patitas negras; se acercó a la mujer del bandido y le rascó la fimbria de la falda; la mujer se inclinó y le dirigió unos cumplidos sobre sus hijuelos. El gran duque, después de empezar su cacería nocturna, deslumbrado de luz, volvió a su rincón, se metió en su rendija y se dispuso cómodamente a dormir. Cantaba el cuco, y la hembra se deslizaba al nido de los pequeños, con un huevo en el pico.

Los rapazuelos de la mujer del bandido cacareaban de alegría hartándose de bayas que colgaban de los arbustos, grandes como piñas. Uno de ellos jugaba con una camada de lebratos, otro corría al lado de una nidada de codornices que habían abandonado el nido sin esperar a que les crecieran las alas; el tercero había cogido una culebra y se la enroscaba por el cuello y por el brazo. El bandido se había arriesgado a cruzar el aguazal para comer zarzamoras. Al levantar la cabeza, vio una enorme bestia negra que se paseaba a su lado. El bandido desgajó una rama de sauce y golpeó el hocico del oso.

—Vete a tu puesto —le dijo—. Este matorral es mío.

El oso esquivó los golpes y se fue dócilmente a otros parajes. Las ondas de luz se sucedían sin descanso y se percibía el chapoteo de los patos. El polen amarillo del centeno flotaba en el aire. Llegaban mariposas tan extraordinarias, que parecían lirios altos. La colmena de las abejas, instalada en una encina hueca, rebosaba de miel; la dorada dulzura se derramaba por el tronco. También se abrían ya las flores procedentes de las semillas venidas de tierras lejanas.

Rosas maravillosas se encimaban por el peñascal en compañía de las zarzas. En el prado se abrían flores considerables, como rostros humanos. El abad Hans se acordó de la flor prometida al arzobispo Absalón, pero no se decidió todavía a cogerla. Las flores salían sin tregua unas tras otras, a cuál más maravillosa, y el abad quería escoger la mejor.

Las ondas se hacían más numerosas y el aire se quedó tan saturado de luz, que todos los átomos rutilaran. Toda la alegría, todo el esplendor y toda la felicidad del verano sonreían en torno del abad Hans. Le pareció imposible que la tierra pudiera ofrecerle una alegría superior a la que prorrumpía por todas partes a su alrededor, y se dijo:

—No sé qué nuevas magnificencias podrá traer la nueva onda.

Pero la luz seguía afluyendo y ya parecía traer efluvios de un lejano infinito. Se sintió envuelto de una atmósfera sobrenatural y, habiendo gustado ya toda la terrenal ventura, esperaba temblando que le fuera revelada la ventura celestial.

Notó el abad Hans que todos los seres quedaban como pasmados. Callaron los pájaros, los raposillos cesaron en su juego y las flores suspendieron su crecimiento. La felicidad que se acercaba era tan soberana, que el corazón quería paralizarse, los ojos derramaban lágrimas inconscientes y el alma ansiaba volar a la eternidad. Llegaban de lejos sonidos de arpas, y se le hizo perceptible un cántico sobrehumano que parecía una dulcísima salmodia.

El abad Hans juntó las manos y cayó de rodillas. La bienaventuranza le transfiguraba el rostro. Nunca hubiera osado esperar que se le concediese en esta vida saborear los goces celestiales y oír a los ángeles que cantaban los himnos de Navidad.

Al lado del abad permanecía el monje lego que le había acompañado. Turbios pensamientos cruzaban por su mente.

—No puede ser un verdadero milagro —se dijo— lo que se muestra a miserables criaturas. Es imposible que sea obra de Dios; debe de ser cosa venida del maligno. Este milagro nos ha sido preparado por las artes maléficas del diablo. El poder del enemigo nos hechiza, obligándonos a creer lo que en realidad no existe.

Se oían resonar a lo lejos las arpas de los ángeles y sus cánticos armoniosos, pero el hermano lego estaba convencido de que eran los espíritus infernales que se acercaban.

—Quieren tentarnos y seducirnos —suspiró—. Jamás saldremos de aquí sanos y libres de este hechizo. Nos darán mal de ojo y quedaremos vendidos al infierno.

Ya llegaban tan cerca los coros angélicos, que el abad Hans pudo ver apariciones lumínicas entre los arboles del bosque. Y el hermano lego las vio lo mismo que el abad; pero a él sólo le preocupaba la abominación de aquel artificio diabólico, maquinado la misma noche de la Natividad del Salvador de los hombres. Había sido elegida adrede aquella ocasión para alejar más fácilmente a los pobres mortales.

Durante todo aquel tiempo, los pájaros revoloteaban tan cerca del abad Hans, que éste podía cogerlos con las manos. En cambio, los animales temían al hermano lego, y ningún ave fue a posarse en su hombro, ninguna culebra jugó a sus pies. Pero, callad, he aquí que una palomita torcaz, viendo tan cerca a los ángeles, pierde el miedo, vuela al hombro del hermano lego y le acaricia una mejilla. Entonces le pareció a éste que el pérfido enemigo, en persona, lo tocaba para tentarlo y seducirlo, y dio un violento manotazo a la palomita, gritando con voz tan fuerte, que repercutió en toda la selva:

—¡Vuelve al infierno, de donde has venido!

Precisamente en aquel instante, estaban los ángeles tan cerca del abad Hans, que distinguía claramente el rumor de sus grandes alas y se inclinaba hasta el suelo para saludarlos. Pero al ruido de las palabras del hermano lego, los cánticos cesaron y los huéspedes sagrados se volvieron para huir. Asimismo, la luz y la suave temperatura huyeron ante el incomparable horror del frío y de la oscuridad de un corazón humano. La noche se cerró sobre la tierra como un espeso crespón; volvió el frío, las plantas brotadas de tierra se enmustiaron, los animales huyeron, cesó el salto de agua de las cascadas, y cayeron las hojas de los árboles como en un gran chaparrón.

El abad Hans sintió que su corazón, poco antes dilatado por la bienaventuranza, se le oprimía en un irresistible dolor.

—Nunca —dijo— podré sobrevivir al golpe cruelísimo de ver a los ángeles del cielo, cuando ya estaban tan cerca de mí, obligados a la huida; de haber sido ahuyentados cuando venían a cantarme himnos de Navidad.

Entonces se acordó de la flor que prometiera al arzobispo Absalón. Se agachó hasta el suelo y empezó a palpar entre el musgo y la hojarasca, procurando coger una, cualquiera que fuese, en aquellas postrimerías del jardín. Pero notó que, bajo sus dedos, se enfriaba la tierra y que la iba invadiendo la blanca nieve.

Entonces destrozó su corazón un dolor aún más lacerante. Ya no pudo levantarse y rodó por el suelo donde permaneció estirado. Cuando volvieron a tientas entre la densa tiniebla, la familia del bandido y el hermano lego advirtieron que el abad Hans había desaparecido. Cogieron tizones encendidos y fueron en su busca. Lo hallaron muerto sobre la blanca alfombra de la nieve.

El hermano lego prorrumpió en llantos y gemidos, comprendiendo que él había causado la muerte del abad Hans al arrebatarle el cáliz de la felicidad que con tantas ansias había deseado.

Cuando en Oved, adonde habían trasladado al abad Hans, iban a poner al difunto en el ataúd, los monjes vieron que mantenían las manos fuertemente cerradas contra un objeto que debió de haber cogido en el momento de la muerte. Lograron por fin abrirle la mano y vieron que lo que guardaba con tanta fuerza eran unos tubérculos blanquecinos cubiertos de musgo y de hojas, que sin duda había arrancado de tierra. Al ver aquellas raíces, el hermano lego, que había acompañado al abad Hans, las recogió y las plantó en el jardín.

Por espacio de un año las estuvo vigilando, esperando que diesen al menos una flor; pero su expectación fue inútil en toda la primavera, en el verano y en el otoño. Cuando sobrevino el invierno, tiempo en que mueren todas las hojas y flores, ya no quiso vigilar más.

Pero la vigilia de Navidad, como tenía grabado muy en lo hondo del alma el recuerdo del abad Hans, salió al jardín para mejor pensar en el santo varón. Y he aquí que, al pasar por donde tenía enterrados sus tubérculos, vio brotar tallos verdes y firmes, que tenían lindas flores de hojas blancas.

Llamó a todos los monjes de Oved, y viendo que aquella planta florecía la noche de Navidad, cuando todas las demás plantas parecen muertas, comprendieron que el abad Hans la había cogido realmente en el jardín de Navidad del bosque de Goinge. Pero el hermano lego solicitó a los monjes que le dejasen llevar algunas de aquellas flores al arzobispo Absalón.

Al presentarse al arzobispo Absalón, el monje lego le ofreció las flores diciendo:

—He aquí lo que te manda el abad Hans. He aquí las flores que prometió cogerte en el jardín de Navidad del bosque de Goinge.

Al ver las flores nacidas al aire libre, en lo más recio del helado invierno, y al oír aquellas palabras, el arzobispo Absalón palideció tanto como si fuera a morir.

—El abad Hans ha cumplido su palabra: yo cumpliré la mía.

Y mandó redactar una carta de absolución para el bandido que, desde su mocedad, vivía en el bosque fuera de la ley.

Entregó, pues, la carta al hermano lego, el cual emprendió inmediatamente el camino de la montaña donde volvió a encontrar la cueva de los bandidos. Cuando entró allí a la claridad del alba de Navidad, el bandido le salió al paso blandiendo una hacha.

—Abatiré a todos los monjes por numerosos que sean —gritó—, porque a buen seguro tenéis vosotros la culpa de que el bosque de Goinge no se haya revestido este año con sus galas de Navidad.

—La culpa sólo es mía —dijo el hermano lego— no tengo inconveniente en morir para expiarla; pero antes de morir he de darte el mensaje del abad Hans.

Mostró la carta del Arzobispo y anunció al hombre que le había sido concedida la absolución.

—Tú y tus hijos, de ahora en adelante, jugaréis sobre la paja esparcida de Navidad y celebraréis la Pascua entre los hombres, como deseaba el abad Hans —dijo.

El bandido se quedó pálido y mudo, pero la mujer contestó por él:

—El abad Hans ha cumplido su promesa: el bandido cumplirá la suya.

El bandido y su familia abandonaron la cueva. No tardó en instalarse en ella el hermano lego, para no abandonar en su vida la selva, donde oraba sin cesar pidiendo a Nuestro Señor que le perdonase la dureza de su alma.

Pero el bosque de Goinge no ha vuelto a celebrar la Natividad de Nuestro Salvador. De su antiguo esplendor ya no existe más que la planta que cogió el abad Hans. La llaman Rosa de Navidad, y todos los años, hacia las proximidades de aquella fiesta, brotan de tierra sus verdes tallos y sus flores blancas, como si no pudiera olvidar que, en otros tiempos, vio la luz en el gran Jardín de Navidad.

Selma Lagerlöf

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