Iba sentada en silencio en el coche mientras regresábamos a casa de una ceremonia vespertina de la iglesia, donde había oído, una vez más, la maravillosa historia del nacimiento de Jesús. Mi corazón rebosaba de alegría mientras los tres tarareábamos las conocidas canciones de Navidad que salían de la radio del coche.

Con la nariz aplastada contra el cristal del coche, yo no quitaba los ojos de las vidrieras decoradas de los grandes almacenes. A medida que pasábamos frente a casas con árboles de Navidad iluminados en las ventanas, yo me imaginaba los regalos apilados debajo de ellas. La alegría propia de esta época se veía por todos lados.

Mi felicidad sólo duró hasta que llegamos al camino de gravilla que llevaba a nuestra casa. Mi padre dobló y enfiló por el oscuro camino que terminaba en la casa, doscientas yardas más adelante. No había luces de bienvenida saludándonos; ningún  árbol de navidad brillaba ningún en nuestra  ventana. Entonces la melancolía se abatió sobre mi corazón de niña.

Al igual que los otros niños, yo no podía dejar de desear árboles y regalos. Pero estábamos en 1939, y yo había aprendido a ser agradecida por la ropa que me ponía y por los zapatos que calzaba, a ser agradecida por tener alimento y una casa, aunque fuera muy humilde. Más de una vez, había oído decir a mis padres: “los árboles de Navidad son puro derroche” y yo creía que los regalos también habrían de serlo.

Una vez llegados, mis padres se fueron a casa, pero yo me quedé afuera y me dejé caer sobre los escalones del porche. Temía perder toda la alegría navideña que había sentido en la ciudad, y deseaba que la Navidad estuviera también en mi casa. Cuando, por fin, el frío de la noche atravesó mi vestido y la chaqueta, me estremecí y puse los brazos alrededor de mí misma, como abrazándome. Ni las lágrimas calientes que se deslizaban por mi cara lograban calentarme.

Fue entonces cuando oí: música y cánticos.

Los oía mientras miraba las estrellas que se juntaban en el cielo y brillaban más intensamente que nunca. Los cánticos me envolvieron, animándome. Poco después, me fui a casa para seguir escuchando la radio, porque ahí estaría más caliente. Pero la sala estaba envuelta en oscuridad y en silencio. ¡Qué raro! Volví afuera y oí de nuevo los cánticos. ¿De dónde vendrían? ¿De la radio del vecino? Recorrí a pie el camino con aquella música maravillosa acompañándome todo el trayecto. Pero el coche del vecino ni se encontraba allí, y la casa estaba tranquila. Hasta su árbol de Navidad estaba a oscuras.

La música, sin embargo, se oía más alta que nunca, persiguiéndome y resonando a mi alrededor. ¿Podría venir de la otra casa vecina? Incluso a la distancia se veía que también estaba vacía. Aun así, recorrí los casi trescientos metros que la separaban de la nuestra, pero no había nada ni nadie. Sin embargo, los cánticos seguían, cristalinos y puros. Los oía claramente. Y las estrellas, esa noche, brillaban con tanto esplendor que ya no sentía miedo de volver sola a casa.

Me senté de nuevo en los escalones del porche y reflexioné sobre este milagro. Para mí, sí, era un milagro porque sentía en mi corazón que estaba escuchando una serenata de los ángeles.

El frío y la tristeza desaparecieron. Me sentía caliente y feliz, por dentro y por fuera. Mientras miraba arriba, para aquella infinitud, rodeada por los elogios de los anfitriones celestes, supe que había recibido un hermoso regalo de Navidad – un regalo venido directamente del alto.

El regalo del amor.

La estrella brillante.

Y una Navidad eterna.

Margaret Middleton

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