Érase una vez una historia que se hizo célebre. Es la historia de un niño llamado Jesús que nació en un establo en Belén. Se cuenta que, en el momento de su nacimiento, una estrella se iluminó en el cielo y que tres reyes –Melchor, Gaspar y Baltasar– vieron esa señal.

Los Reyes Magos se pusieron en marcha, guiados por la Estrella, y llegaron, montados en camellos, con las manos llenas de los regalos más preciosos para el Niño Jesús. Pero se cuenta también que lejos, muy lejos de Belén, vivía un cuarto Rey Mago.

Se llamaba Ichilok y tenía la piel roja, pues era un viejo indio de América.

Aunque su país sea todavía desconocido al otro lado de la Tierra, Ichilok también leía en el cielo, también él vio la Estrella, también él supo que tenía que seguirla.

Así pues, hizo el equipaje y se llevó todo lo que encontró de más valor para regalar: escogió unas plumas con reflejos de arco iris, dos magníficos cristales verdes llamados esmeraldas, dos grandes pepitas de oro, preciosas, un cuenco de agua de manantial de una pureza extraordinaria, un espejo de plata… A estos tesoros, añadió, porque la encontraba muy bella, una sencilla rama adornada con una asombrosa pina de color dorado.

—¡Qué extraños regalos vas a ofrecer! —le dijo su amigo Patchlok, prendido—. ¿Acaso no mezclas objetos preciosos y objetos muy sencillos?

—Amigo —respondió Ichilok—, nuestros antepasados nos enseñaron que las cosas más simples son a veces las más preciosas. ¿Lo habías olvidado? Y ahora, debo irme. Hasta pronto.

—¡Ichilok, ese viaje va a ser largo y difícil! —le dijo Patchlok en voz alta—. Deja que te acompañe.

Pero Ichilok fue inflexible: pensaba ir solo, y dejarse guiar por la Estrella.

El anciano se puso en marcha hacia Oriente. Se fue contento, con paso ligero, llena de canciones la cabeza; y empezó a descender la montaña. Con la alegría, no distinguió al puma que le seguía discretamente. Ágil y silencioso, el animal espiaba el menor de sus gestos.

Cuando Ichilok se hubo alejado de las últimas casas, el puma se abalanzó sobre él y le clavó las garras. En estado de choc, el hombre lanzó un grito y cayó al suelo. El felino rugió:

—No te muevas, hombre, o te mato inmediatamente. Estás muy delgado, pero mis hijos tienen hambre y mi compañera no puede alimentarlos…

—¿Por qué no puede alimentarlos tu compañera? —preguntó tranquilamente Ichilok desempolvándose el abrigo.

—¡Ay! —respondió con tristeza el puma—, ya no puede cazar porque no ve. Unos cazadores intentaron matarla y la hirieron en los ojos. Ocurrió hace tres días. Por esto no tengo alternativa, vas a servir de comida a nuestros hijos.

—¡Eh, no tan rápido! —protestó Ichilok—. Yo no he hecho nada. Y, además, cuando me hayáis comido, ¿qué os va a quedar? ¿Cómo vas a alimentar a tus pequeños?

El puma no supo qué responder. Ichilok se levantó majestuosamente:

—Yo soy un Rey Mago —dijo con soberbia—. Y quien dice mago, dice algo mágico. Llévame inmediatamente a donde está tu compañera y veré qué puedo hacer.

El felino condujo a Ichilok hasta su guarida. Allí, los tres cachorros jugaban alrededor de su madre. Ichilok se inclinó sobre ella y delicadamente examinó sus ojos inyectados de sangre. La compañera del puma permitió que la observara.

—Creo que tengo lo que necesitas para curarte —dijo Ichilok suspirando, mientras se enderezaba—, pero en el tiempo que tarde en curarte, el niño que voy a ver ya habrá crecido.

El hombre reflexionó un momento y añadió:

—Aunque no pienso dejarte así.

Hurgó en su bolsa,  suspiró de nuevo, y cogió las dos esmeraldas que pensaba regalar al niño.

—Soy mago, confía en mí —dijo al puma.

Y, como por arte de magia, sustituyó los dos ojos heridos por las dos piedras preciosas.

—Soy mago, ¡mírame!

La compañera del puma lo miró con sus dos pupilas sorprendentemente verdes: volvía a ver perfectamente. El mago le había ofrecido el más precioso de los regalos.

Satisfecho, Ichilok emprendió de nuevo la marcha hacia Oriente. Le quedaban todavía las plumas con reflejos de arco iris, dos bellas y grandes pepitas de oro, un cuenco de agua de fuente de una pureza extraordinaria, un espejo de plata… y, porque la consideraba bonita, una sencilla rama adornada con una sorprendente pina dorada.

Su trayecto le condujo a través de la selva virgen. El anciano cantaba en honor del niño que iba a visitar, y no se dio cuenta de que un loro le seguía con un aire triste.

Al caer la noche, Ichilok se detuvo para encender una hoguera. El loro se colgó de una rama y también él se puso a cantar la canción del indio.

—Cantas bien, pero ¿por qué estás tan triste? —le preguntó el mago levantando la cabeza.

—Mírame, ¿no ves que soy feo y desplumado? ¿Cómo puedo atreverme a presentarme ante los demás, yo que antes era tan bello?

—¿Qué te ha ocurrido? —le preguntó Ichilok.

—Yo era bello y estaba tan orgulloso de mi plumaje multicolor que fui a cantar cerca del pueblo. Allí, los niños me cazaron y me arrancaron las plumas. Finalmente, conseguí escapar, pero mírame ahora, estoy prácticamente desnudo.

—Creo que tengo lo que necesitas —dijo Ichilok suspirando—, pero en el tiempo que tarde en curarte, el niño que debo ir a ver ya habrá crecido.

El hombre reflexionó un momento, y luego añadió:

—De todas formas, no voy a dejarte así.

Buscó en su saco, suspiró una vez más, y cogió las plumas con reflejos de arco iris que pensaba regalar al niño.

—Soy mago, confía en mí —dijo al loro.

Y, como por arte de magia, sustituyó las que le faltaban por las magníficas plumas que había sacado de su saco. —Soy mago, ¡vuela!

El loro revoleteó alrededor de Ichilok cantando alegremente, y dio las gracias al indio por el maravilloso regalo que acababa de hacerle.

Satisfecho, Ichilok reemprendió su ruta hacia Oriente. Todavía le quedaban para regalar dos bellas y grandes pepitas de oro, un cuenco de agua de fuente de una pureza extraordinaria, un espejo de plata… y, ya que la encontraba bonita, una sencilla rama con una extraña pina de color dorado.

El anciano llegó a orillas del mar. Allí, se encontró con un marino que aceptó llevarle lejos, hacia Oriente, donde encontraría al niño al que quería dar sus regalos. Ichilok subió al barco sin fijarse en un hombre que se había deslizado furtivamente bajo su cama.

Unas horas más tarde, Ichilok oyó unos gemidos y descubrió a un hombre que temblaba de miedo.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —preguntó con calma el mago.

—Me escondo, porque si me encuentran ¡me matarán! No diga que estoy aquí, por favor —le suplicó el hombre antes de desvanecerse.

Ichilok movió la cabeza.

—Sin duda, el pobre no debe de haber bebido nada desde que partió. Creo que tengo lo que necesita —suspiró, pero en el tiempo que tarde en curarle, el niño que debo ir a ver ya habrá crecido.

Ichilok reflexionó un momento y añadió:

—¡Vamos! No voy a dejarlo así.

Hurgó en su bolsa, suspiró una vez más y sacó el cuenco de agua de manantial de una pureza extraordinaria que pretendía regalar al niño.

—Soy mago, confía en mí —dijo al hombre, ayudándole a beber.

Y algunas gotas del agua maravillosa fluyeron hasta su garganta.

—Soy mago, ¡despierta!

Y, como por arte de magia, el hombre recobró el sentido y dio las gracias a Ichilok por su gran generosidad.

Cuando atracaron, Ichilok, satisfecho, siguió su ruta hacia Oriente. Le quedaban todavía para regalar dos bellas y grandes pepitas de oro, un espejo de plata… y, porque la encontraba muy bonita, una simple rama adornada con una extraña pina dorada.

Ichilok atravesó ciudades, pueblos, desiertos, montañas. En un pueblo, vio a una anciana que lloraba en el umbral de su puerta.

—¿Qué te ocurre, mujer, por qué lloras así?

—¡Ay! —exclamó ella—. Soy tan vieja que no me atrevo a mirarme al espejo de lo fea que soy.

—Tu espíritu es tranquilo y honesto; eres buena y generosa. Ahí reside la verdadera belleza —le dijo Ichilok para tranquilizarla.

—¿Por qué estás seguro de lo que dices? Esta belleza no se ve —respondió la anciana.

Ichilok sonrió.

—Creo que tengo lo que necesitas —dijo suspirando—, pero en el tiempo que tarde en ocuparme de ti, el niño que tengo que ir a ver ya habrá crecido.

El hombre reflexionó un momento, y añadió:

—Pero no voy a dejarte así.

Buscó en su saco, suspiró una vez más y extrajo el espejo de plata que pensaba regalar al niño.

—Soy mago, ten confianza en mí —dijo a la mujer.

Y le dio el espejo de plata.

—¡Mira la belleza de tu corazón!

La mujer cogió el espejo y, como por arte de magia, se vio hermosa. Dio las gracias a Ichilok con expresividad.

En aquel mismo instante, se oyeron unos gritos. Eran de una niña que era arrastrada por dos hombres y que se resistía.

—¡Soltadme! ¡Soltadme! —suplicaba.

—¿Qué ha hecho? —preguntó Ichilok a los dos hombres.

—La bribona nos ha robado pan, ¡he aquí lo que ha hecho! —gritó uno de ellos—. ¡Prisión para la ladrona!

Ichilok sonrió pacientemente.

—No hay duda de que la pobre pequeña tenía hambre. Creo que tengo lo que necesita —suspiró—, pero en el tiempo que tarde en ocuparme de ella, el niño que voy a ver ya habrá crecido.

El anciano indio reflexionó un momento y añadió:

—Pero no voy a dejarla así.

Hurgó en su saco, suspiró una vez más, y sacó de él las dos bellas y grandes pepitas de oro que pensaba regalar al niño.

—Soy mago, con esto os devuelvo lo que esta pequeña os ha quitado para comer —dijo a los hombres, que se marcharon satisfechos de haber sido recompensados con creces por su pan.

Y la pequeña quedó en libertad. Ichilok le dijo:

—Soy mago. Llévame al establo donde el niño espera mis regalos. Ay, no me queda más que una sencilla rama adornada con una extraña pina de color dorado. Pero al menos voy a ofrecerle este regalo.

Y contó su viaje a la anciana y a la pequeña.

—Conozco al niño al que te refieres —le dijo la mujer—. Este niño ha crecido, su familia y él se fueron hace ya unos años. Has hecho un largo viaje, tu barba es ahora larga y blanca. Pero no has recorrido el camino en vano: ¡Fíjate en la cantidad de regalos maravillosos que has ofrecido, fíjate en lo felices que les has hecho! Sigue, Ichilok, sigue. Ve a dar lo que tienes a los que lo necesitan. Y quien sabe si dando regalos a todos los niños de la Tierra, un día encontrarás al niño que estás buscando…

Enriquecido con la sabiduría de la mujer, Ichilok regresó a su país. Allí vio que la gente pasaba hambre. Suspiró y sonriendo, dijo:

—Creo que tengo lo que necesitan. ¡No puedo dejarlos así!

Buscó en su saco, suspiró una vez más, y extrajo una rama adornada con una extraña pina de color dorado que pensaba regalar al niño.

—Soy mago; he aquí con qué alimentar a los que tienen hambre.

Plantó la extraña pina dorada con una forma absolutamente perfecta, y desde entonces, cada año, crece maíz y da a los hombres sus espigas doradas y les protege del hambre.

Pero el viejo indio de la barba blanca no se detuvo ahí… Cada año, en Navidad, cuando todos celebran el nacimiento del Niño Jesús y el viaje de los Reyes Magos, Ichilok, el cuarto Rey Mago, sigue discretamente dando regalos a quienes los necesitan.

Navidad: cuentos, poemas y canciones
Barcelona: El Aleph, 2008

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