Gaspar

En aquel lejano tiempo, en la ciudad de Kalash, el príncipe Zukarta instauró el culto al Becerro de Oro.

La estatua posaba sobre las multitudes sumisas sus ojos espantados, muy abiertos, pintados de blanco y negro. En el fondo de sus pupilas afloraba una suerte de interrogación, como si la amplitud de su poder lo maravillase. Era un joven becerro de pequeños cuernos retorcidos y piernas musculosas, de testa obtusa, corta y fruncida. Sus cuatro patas, firmemente asentadas sobre la tierra, transmitían una enorme impresión de firmeza y estabilidad que tranquilizaba el corazón de sus fieles. Y en todo su cuerpo brillaba el oro, oro compacto, duro, pesado, chispeante.

Frente al ídolo, las mujeres se encorvaban para sacudir sobre el mármol claro de los peldaños sus sombríos cabellos casi azules. De los confines del desierto, de los lejanos oasis, de las aldeas perdidas, llegaban hombres que depositaban su ofrenda ante el altar: venían a brindar oro al oro. Y los hombres buenos de Kalash, jueces y jefes de guerreros, desfilaban reverentes frente al Becerro. Tras ellos venían los comerciantes, los vendedores, los alfareros, los tejedores. Besaban los peldaños del altar y depositaban su ofrenda en el suelo: le traían oro al oro. Incluso los sacerdotes de la luna y sus fieles acólitos se postraban de rodillas, con la cabeza tocando el suelo, ante el nuevo ídolo de Kalash.

Zukarta miraba todas estas cosas con gran alegría, pues el culto al oro era la base de su poder. Eran pocos los que no acudían al templo, cada vez menos. Los muy pobres, los muy avergonzados, los muy humillados, no se atrevían a presentarse. Parecían una raza aparte, pues la pobreza se consideraba como el estigma que marcaba a aquellos a los que el Becerro no amaba. En el fondo de sus almas, tan humilladas que casi no osaban pensar su propio pensamiento, los muy pobres, los muy avergonzados esperaban otro Dios.

Ellos y Gaspar.

Una delegación de hombres importantes se acercó al palacio de Gaspar. Y le preguntaron:

—¿Por qué no te acercas al templo del Becerro? ¿Acaso te falta oro para la ofrenda? ¿Qué tienes tú en común con el populacho de los muelles? ¿Acaso no estás vestido de púrpura y de lino como un rey? ¿Por qué desafías el poder de Zukarta? ¿Eres un traidor? En el culto al Becerro radica la prosperidad y la grandeza de Kalash. ¿Te has vendido a nuestros enemigos?

Gaspar contestó:

—No puedo adorar al poder de los ídolos. Mi Dios es otro y creo en su advenimiento. La tierra y el cielo me lo anuncian.

Al escuchar esta respuesta, los jefes de las tribus y los hombres buenos de Kalash dijeron:

—Nos alejamos de ti porque te has alejado de nosotros y has renegado de nuestros caminos. Ya no formarás parte de nuestras asambleas, ni serás atendido en nuestros consejos, ni participarás en nuestros festejos y banquetes. Y tampoco te amparará nuestra fuerza: los soldados no protegerán tu casa ni tus caravanas. Serás presa fácil de los bandidos. No recibirás la protección de nuestras leyes, nuestros jueces sentenciarán en tu contra, y tu razón será como un puñado de ceniza. Te sucederá lo mismo que al populacho: no tendrás salvaguardia ni defensa mientras no te postres ante el altar del Becerro para adorar a los mismos ídolos que nosotros adoramos.

Gaspar les contestó:

—Mi Dios actúa en mí como una fuente que no deja de manar y está a mi alrededor como el muro de una fortaleza.

Entonces los notables de Kalash se sacudieron el polvo de los zapatos y salieron del palacio.

A partir de ese día se abatieron muchas calamidades sobre Gaspar. Los banditos asaltaron sus caravanas y los ladrones saquearon sus huertos de palmeras. Manos misteriosas apedreaban su casa por la noche y en el agua de sus aljibes aparecían frutos podridos y aves muertas flotando.

Y dio comienzo el tiempo de la soledad.

Ya no volvieron a entrar los visitantes a los frescos patios del palacio y el agua que corría en los estanques dejó de acompañar el leve rumor de las conversaciones. Los parientes y los amigos desaparecieron como devorados por la penumbra y todas las cosas parecían envueltas en desvergüenza y terror.

Pero, a pesar de todo, el tiempo crecía.

Y Gaspar escuchaba el crecer del tiempo. La soledad creaba a su alrededor un espacio transparente de pureza en el que los instantes avanzaban uno por uno y el universo entero parecía estar atento. El silencio era como la misma palabra incesantemente repetida.

Asomado al tiempo, Gaspar pensaba: “¿Qué puede crecer dentro del tiempo sino la justicia?”

Arrodillado en la terraza, Gaspar contemplaba el cielo de la noche. Miraba la vasta y alta bóveda nocturna, oscura y luminosa, que a la vez mostraba y escondía.

Y dijo:

—Señor, ¡que lejano y qué oculto y qué presente estás! Tan sólo escucho el resonar de tu silencio que avanza hacia mí y mi vida apenas toca el fleco límpido de tu ausencia. Miro a mi alrededor la solemnidad de las cosas como quien intenta descifrar una escritura difícil. Pero eres tú el que me lees y me conoces. Haz que nada de mi ser se oculte. Llama a tu claridad la totalidad de mi ser para que mi pensamiento se vuelva transparente y pueda escuchar la palabra que siempre me dices.

Al principio, Gaspar creyó que la estrella era una palabra, una palabra dicha de repente en la muda atención del cielo.

Pero después su mirada se acostumbró al nuevo brillo y entonces se percató de que era una estrella, una nueva estrella, semejante a las otras, pero un poco más cercana y más clara y que, muy despacio, se deslizaba hacia Occidente.

Y Gaspar abandonó su palacio para seguir a esta estrella.

Melchor

La placa de barro había pasado de generación en generación, de viejos a jóvenes, de mano en mano. En ella estaba escrito que un redentor sería enviado al mundo y que una estrella se erguiría en Oriente para guiar a aquellos que buscaban su reino.

La placa era un pequeño rectángulo de arcilla, ennegrecido por el tiempo, de aspecto frágil, pobre y desgastado. Era un prodigio que hubiese perdurado, sin perderse durante tantos siglos de ruinas y opulencias, saqueos, incendios y guerras. Era un milagro que hubiese podido sobrevivir, sin perderse, a la ambición, la violencia, la agitación y la indiferencia de los hombres.

Estaba allí, en el palacio, colocada al lado de miles de placas que evocaban victorias, batallas, masacres y riquezas.

Sus caracteres estaban medio borrados por el  tiempo y su escritura era tan antigua que se hacía difícil descifrarla con verdadero rigor. Eran posibles muchas lecturas.

Por eso, el rey Melchor convocó tres asambleas de sabios para que juntos averiguasen cuál era la interpretación correcta de aquel texto antiquísimo.

Primero llegaron los historiadores, aquellos que habían aprendido toda la ciencia de las bibliotecas y que conocían hasta el más mínimo detalle de la escritura, el lenguaje, los usos, las costumbres, los anales y los códigos de los tiempos idos.

La asamblea se reunió durante un mes en el palacio del rey. Era la mitad del verano y el calor caía pesadamente sobre las terrazas ciegas de sol. En los jardines, las palmeras se rozaban las unas con las otras con un rumor metálico, sus hojas afiladas y duras como sierras.

Al caer la tarde, los sabios se sentaban en círculo en el patio interior del palacio. Melchor presidía. Un fino murmullo de agua corriendo en los estanques acompañaba los debates. Los esclavos descalzos circulaban en silencio sirviendo vino de dátil suavizado con nieve de las montañas.

El círculo de hombres sentados formaba un área vacía en cuyo centro se había dispuesto una mesa de piedra sobre la que reposaba la placa de barro. Parecía extremadamente pequeña e insignificante en medio de tanto espacio y opulencia. Se asemejaba a un residuo de eras antiguas que había sido abandonado allí por el tiempo.

Durante prolongados debates, a lo largo de treinta días, los sabios estudiaron y examinaron meticulosamente cada línea de los antiquísimos caracteres.

Y al trigésimo día se irguió Negurat, archivero mayor del templo de la luna, y dijo:

—Creo que la lectura que tú, oh rey, has hecho de este texto no es la verdadera. Pues has leído: ‘Un redentor será enviado al mundo y una estrella se elevará en Oriente para guiar a aquellos que buscan su reino’. Pero realmente el significado de este antiguo texto es otro: así, en la remota era en que quedó grabada esta placa, los caracteres en los que has leído ‘redentor’ significaban ‘gran rey’; y los caracteres en donde has leído ‘será’ y ‘se elevará’ no expresan formas verbales del futuro sino formas verbales del pasado; y el verbo ‘buscar’ no está en presente sino en pretérito perfecto; y en donde has leído ‘para guiar’ deberá leerse, de acuerdo con los métodos para descifrar textos antiguos, ‘guiando’. Por lo tanto, oh rey, al contrario de aquello que creíste leer, este texto no se refiere al futuro sino al pasado, y no anuncia el advenimiento de ningún salvador, sino que glorifica las obras de un gran personaje de tiempos idos. Por lo tanto, en mi opinión la lectura correcta de este texto es la siguiente: ‘Al mundo fue enviado un gran rey que dominó el Oriente como una estrella guiando a aquellos que buscan su reino’.

Cuando Negurat acabó de hablar, se levantó Atmad, archivero mayor de palacio, y afirmó:

—Grande es la ciencia de Negurat. Pero la interpretación de la escritura antigua tiene enormes dificultades. No cabe duda de que en el texto presentado debemos leer ‘gran rey’ y no ‘redentor’. Sin embargo, no estoy de acuerdo en lo que se refiere a las formas verbales: creo que los verbos ‘ser’ y ‘elevarse’ se encuentran realmente en futuro. Y también discrepo en la forma en que se leyeron las palabras ‘guiar’, ‘buscar’ y ‘reino’. Y pienso además que el verbo ‘elevar’ tiene aquí el sentido de ‘dominar’. De forma que, en mi opinión, la lectura correcta del texto es esta: ‘Al mundo le será enviado un gran rey que dominará el Oriente como una estrella para engrandecer a aquellos pueblos que acepten su poder’. Pues esta inscripción es de hecho una profecía que ya se ha cumplido. Es evidente que el gran rey es el magno Alejandro, que dominó todo el Oriente hasta el reino de Porus y que murió, como sabéis, en Babilonia.

Y cuando Atmad acabó de hablar, se incorporó el viejo sabio Akki, que dijo:

—Admiro las sabias palabras que he escuchado. Pero en realidad la lectura de este antiquísimo texto plantea tantas dudas y son tantas las interpretaciones que podemos proponer, que verdaderamente, oh rey, no podemos llegar a ninguna conclusión.

Entonces se levantó Melchor y resolvió:

—Id en paz y continuad vuestros estudios. Yo seguiré preguntando, escuchando, esperando.

Al mes siguiente se reunió en el palacio real la asamblea de los letrados.

Melchor les expuso las dudas y las interpretaciones de los historiadores y durante treinta días los letrados estudiaron el texto.

Al trigésimo día, al caer la tarde, cuando se encontraban todos sentados en círculo rodeando la mesa de piedra sobre la que estaba apoyada la placa de barro, se levantó Ken-Hur y afirmó:

—La poesía no se expresa de forma directa. El texto que tenemos ante nosotros es un poema. Por eso mismo debe ser considerado una metáfora que no se refiere ni al pasado, ni al presente, ni al futuro del mundo en que vivimos, sino sólo al mundo interior del poeta, que es el universo de la poesía, siempre enfocado al devenir y a la esperanza. Este texto no habla de hechos reales, sino que quiere simbolizar el espíritu creador del hombre.

Enseguida habló Amer:

—Este texto es un poema y por eso se sitúa al margen de lo vivido. El poema no se refiere a aquello que es sino a aquello que no es. Pues la Naturaleza es una caja de cosas de la cual el poeta extrae una que no se encuentra allí.

A continuación se levantó el hermano de Amer y dijo:

—En un poema no debemos buscar un sentido, pues el propio poema encierra su sentido. Así el sentido de una rosa es esa misma rosa. Un poema es un justo acuerdo de palabras, un equilibrio de sílabas, un peso denso, el esplendor del lenguaje, un tejido compacto y sin quiebra que sólo habla de sí mismo y, como un círculo, define su propio espacio, en el que no puede habitar ninguna otra cosa. El poema no significa, el poema crea.

Finalizado el debate, se levantó Melchor y concluyó:

—Os agradezco vuestras palabras. Por mi parte seguiré buscando, escuchando, esperando.

Entonces se retiraron los letrados y el rey se quedó solo en el patio, ante la placa de barro, escuchando el correr del agua y el caer de la noche.

Al mes siguiente se reunieron en el palacio los hombres sabios. Melchor les expuso las dudas de los historiadores y de los letrados y la nueva asamblea deliberó durante treinta días.

Al trigésimo día se levantó Kish y dijo:

—Las multitudes ignorantes se inclinan ante los ídolos, pero los que meditan saben de la soledad del universo. ¿Qué redentor podemos esperar? El universo es como una máquina bien regulada que gira lentamente a través de las edades y de los ciclos, sin principio ni fin. En las constelaciones y en las lunas, en los triángulos y en los círculos, encontrarás las leyes de los números que se cumplen y se cumplirán inexorablemente. ¿Qué redención podemos esperar?

Después habló Maro:

—Hace mucho que se extinguieron los dioses que un día existieron y aquello que adoramos no es más que el polvo de lo divino. En la edad en que vivimos, ¿qué hombre ha visto un ángel? ¿Dónde está aquél que oyó con sus sentidos carnales la palabra de Isis o de Assur? Vivimos un tiempo de viudez y todas las cosas se volvieron ciegas y sordas. En un mundo de injusticia y de desorden intentamos sobrevivir como animales perseguidos. Se rompió el lazo que nos unía al universo atento. Podemos golpear con los puños en la tierra, podemos implorar con la cabeza tocando la polvareda. Nadie contestará. Se ha cegado la mirada que nos veía y se ha secado el oído que nos escuchaba. Todo nos es ajeno como un lugar que no nos reconoce. Y el brillo de los impasibles centellea sobre nuestra tristeza. ¿Quién puede esperar que una estrella se mueva?

Enseguida intervino Tor:

—Nacimos para morir. Toda nuestra esperanza se resolverá en ceniza. ¿Dónde está el hombre que no ha muerto? El propio Alejandro, hijo de Amon, que estableció su imperio desde Egipto hasta el reino de Porus, murió miserablemente en los palacios de Babilonia. Y sin embargo, su radiante juventud parecía mostrar la naturaleza de un Dios, y su perfección era tan grande que nadie la podía creer mortal. ¿Quién iba a pensar que moriría su cuerpo equilibrado y liso como una columna, su inteligencia aguda y limpia como el sol, su mirada directa que simplificaba todas las cosas, su rostro brillante como un estandarte y su alegría invencible? Alejandro, príncipe de Macedonia, hijo de Amón, el que maravillaba a los pueblos, condujo el destino del hombre a sus últimos límites, de modo que en él todos creyeron ver la naturaleza humana conquistando la esencia de lo divino. Pero Alejandro murió en el trigésimo tercer año de su vida, en la cumbre de su fuerza y de su gloria, en pleno esplendor de su juventud. Y así los dioses nos dijeron que el hombre no puede eludir su destino, y que su destino es la muerte. Por eso, oh rey; ¿qué podemos esperar? Nada puede cambiar la condición del hombre y en esta condición no hay lugar para la esperanza.

Cuando los pensadores se retiraron, Melchor se levantó del trono y avanzó hasta la mesa de piedra. La placa de arcilla parecía extraordinariamente frágil y pequeña entre las grandes columnas que rodeaban el patio. Pero el rey tocó con su frente las letras casi apagadas.

Esa noche, después de que la luna hubo desaparecido detrás de las montañas, Melchor se asomó a la terraza y vio que en el cielo había una nueva estrella en el Oriente.

La ciudad dormía, oscura y silenciosa, enroscada en callejas y confusas escalinatas. En la gran avenida de los templos ya no caminaba nadie. Sólo de tarde en tarde se oía, llegado de las murallas, el grito de ronda de los soldados.

Y sobre el mundo del letargo, sobre la sombra intrincada de los sueños donde los hombres se pierden tanteando como en un laberinto espeso, húmedo y movedizo, la estrella joven, trémula y deslumbrante encendía su alegría.

Esa noche Melchor dejó su palacio.

Baltasar

El rey Baltasar amaba la frescura de los jardines y sonreía al ver en el agua clara de los estanques el reflejo de su cara de color del ébano.

Y amaba la alegría, el rumor y la abundancia de los banquetes. Muchas veces sus fiestas duraban hasta que llegaba el día.

Sin embargo, cierta madrugada, cuando se hubieron retirado todos los convidados, el rey se quedó en la gran sala con un joven esclavo que tocaba la flauta.

Y le pareció que la melodía dibujaba en el aire la silueta de un espacio vacío.

Entonces su corazón se apesadumbró de tristeza, y Baltasar pensó: “¿Será posible que un día me retire de la vida como un comensal saciado que se retira de un banquete? ¿O tendré siempre la misma sed, la misma hambre, el mismo deseo de los momentos y los días?”

Tras formular este pensamiento, cruzó la puerta de la sala y salió al jardín.

Fuera, en la luz indecisa del alba, el jardín parecía suspendido. La bruma confundía el dibujo claro de los estanques y diluía en el aire la silueta de los ramajes.

Baltasar caminó largamente entre flores y palmeras hasta la salida del sol. Cuando ya era de día llegó hasta una pequeña terraza que quedaba en el extremo del jardín. Se asomó a la baranda y, al otro lado de la calle estrecha, vio a un hombre joven apoyado en una pared, que lo miraba.

Baltasar se quedó inmóvil como si el rostro del otro le hubiese golpeado la cara. O como si el rostro del otro de repente fuese su propio rostro. O como si por primera vez en su vida hubiese visto la cara de otro hombre.

Lo que más le sorprendió en aquel semblante fue la desnudez, la evidencia desnuda. Era como si en aquel rostro el ceremonial de la vida hubiese retirado su máscara, y la realidad mostrase, sin velo alguno, el abandono, el dolor consciente, la condición del hombre.

Era la cara de un hombre joven y delgado en la que los huesos dibujaban, sin ningún equivoco, la imagen del hambre. La tristeza subía del más profundo recoveco de la memoria y añoraba por entero a la superficie de las pupilas. La paciencia, como una leve ceniza, se posaba sobre su cabeza, sobre los labios, sobre los hombros. Y en esa paciencia existía una dulzura tal que Baltasar sintió de repente unas punzantes ganas de llorar y de postrarse con su propia cara apoyada en la tierra.

Y preguntó:

—¿Tú quién eres?

—Tengo hambre —murmuró el hombre.

—Entra —dijo Baltasar—. Voy a ordenar que te sirvan las mejores frutas, las mejores carnes, los mejores vinos. Voy a mandar que laven tus pies con agua perfumada en una jofaina de oro. Voy a decretar que te vistan de púrpura. Voy a ordenar a mis músicos que toquen las más bellas melodías para complacerte. Voy a mandar que venga para ti la tocadora de cítara. Yo mismo pondré bajo tus pies la alfombra más valiosa, y me quedaré sentado junto a ti para deshacer tu soledad, y escucharé tus palabras para que puedas tomar parte en la alegría y para que las fuentes y los jardines del palacio borren tu tristeza.

Al oír este discurso, el hombre se asustó. En el semblante negro asomado a la luz blanca de la terraza reconoció con terror el rostro del rey. Y pensó:

“¡Ay de mí! ¿Para qué me llama el rey? Vine a espiar su palacio y esto sin duda es un delito. Es mejor que huya antes de que lleguen los guardias”.

Pues aquel hombre, como todos los muy pobres, sabía que el mundo estaba gobernado por leyes que lo perseguían y condenaban, y por eso temía a cada instante ser acusado y preso por razón desconocida. Vagaba por un país que no era el suyo, en el que todo le producía inseguridad y temor.

Y por eso huyó, desapareció jadeante entre las curvas de la callejuela estrecha, sin ver el gesto de Baltasar que lo llamaba.

De vuelta a su palacio, el rey ordenó a sus guardias:

—Id y buscad en las calles a un hombre joven delgado, vestido con harapos y que tiene los ojos llenos de tristeza y de paciencia.

Al caer de la tarde, los guardias regresaron y dijeron:

—Encontramos tantos hombres desarrapados, tristes y pacientes que no supimos distinguir al que buscabas.

Por eso, a la mañana siguiente, el rey Baltasar, habiéndose despojado de sus vestidos de púrpura se envolvió en un manto de estameña y salió solo del palacio para buscar al hombre.

Bajó por las callejas estrechas de la cuesta, y, alejándose de las grandes avenidas triunfales en las que la brisa hace susurrar las hojas duras de las palmeras, recorrió atentamente los barrios pobres cerca la orilla del río. Los cargadores del muelle levantaron hacia él sus rostros sombríos, y el hombre que vendía las alpargatas posó en la mirada del rey su mirar cansado. Vio a los hombres doblados bajo los fardos, vio a los que tiraban carrozas como si fuesen bueyes, lentos y pacientes como si fuesen bueyes, vio a los que llevaban grilletes, vio a los que se deslizaban pegados a las paredes, silenciosos como sombras, vio a los que gritaban, a los que lloraban, a los que gemían. Vio a los que estaban solos, inmóviles, apoyados en los muros, atónitos, interrogando al silencio opaco más allá de la voz ronca de las calles, descubriendo en su frente la senda recta del silencio. Vio a los que pescaban pequeños pececillos en las aguas sucias del río. Vio a los que tenían la cara de color de trapo y las manos frías de ceniza, ceniza leve que volaba con el viento. Vio la sombra verde, el reino de la paciencia, el país de la desolación sin límites, el imperio de los humillados, el lado izquierdo de la vida, la patria desheredada, el fondo del mar de la ciudad.

Al día siguiente el rey reunió a sus ministros y les dijo:

—Ordenad que repartan mis tesoros y las reservas acumuladas en los almacenes y en los graneros. Y repartid todo entre los hambrientos y entre los pedigüeños.

Tras escuchar esto, los ministros se retiraron a deliberar.

Volvieron al cabo de tres días y contestaron:

—Tus tesoros no bastan para rescatar a los esclavos y las reservas de tus almacenes no llegan para saciar a los hambrientos. Tu poder no es suficiente para cambiar el orden de la ciudad. Si cumpliésemos aquello que nos ordenaste, los fundamentos que nos sustentan y los muros que nos protegen se desmoronarían. Tu deseo es contrario al bien del reino.

El rey les contestó:

—Busco otra ley y busco otro reino.

Entonces los ministros se retiraron, murmurando entre ellos:

—Nos damos cuenta de que él nos traiciona.

A la mañana siguiente, Baltasar se dirigió al templo de todos los dioses.

Leyó las palabras grabadas en la piedra del primer altar:

‘Yo soy el Dios de los poderosos y a aquellos que me imploren les concederé la fuerza del dominio, nunca serán vencidos y serán temidos como dioses’.

Continuó hasta el segundo altar y leyó:

‘Yo soy la diosa de la tierra fértil y a aquellos que me veneren les concederé el vigor, la abundancia y la fecundidad y serán bellos y felices como dioses’.

El rey se dirigió hacia el tercer altar y leyó:

‘Yo soy el Dios de la sabiduría y a aquellos que me adoren les concederé el espíritu ágil y sutil, la inteligencia clara y la ciencia de los números. Dominarán los oficios y las artes y se enorgullecerán como dioses de las obras que crearon’.

Tras pasar por los tres altares, Baltasar interrogó a los sacerdotes:

—Decidme dónde está el altar del Dios que protege a los humillados y a los oprimidos, para que yo le implore y le adore.

Después de un largo silencio, los sacerdotes contestaron:

—Nada sabemos de ese Dios.

Aquella noche, después de que la luna hubo desaparecido detrás de las montañas, el rey Baltasar subió a la más alta de sus terrazas y dijo:

—Señor, yo lo he visto. He visto la carne del sufrimiento, el rostro de la humillación, la mirada de la paciencia. Y aquél que ha visto estas cosas ¿cómo puede no verte? ¿Y cómo podré soportar lo que he visto si no te veo?

La estrella se irguió muy despacio sobre el cielo, en el Oriente. Su movimiento era casi imperceptible. Parecía estar muy cerca de la tierra. Se deslizaba en silencio, sin que se agitase ni una sola hoja. Venía desde siempre.

Mostraba la alegría, la alegría completa, sin mella ni quebranto, el vestido sin costuras de la alegría, la sustancia inmortal de la felicidad.

Baltasar reconoció enseguida la estrella, porque no podía ser de otra manera.

Sophia de Mello Breyner

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