El antiguo carrillón vivía en el reloj, y el reloj, en la torre más alta de la catedral. Casi se podría decir que el carrillón era el corazón del reloj, un corazón hermoso y precioso.

Todas las noches, cuando las manecillas se juntaban a las doce en punto y las campanas golpeaban el aire con su sonido grave, el carillón se ponía en funcionamiento. Entonces, una figura de aspecto regio, tocada por un yelmo, aparecía en la parte derecha del reloj y recorría a caballo el camino que la separaba de la parte izquierda.

Esa figura mecánica iba escoltada por otras: el rey Arturo avanzaba montado en un corcel blanco, empuñando su espada Excálibur, y sus caballeros de la Tabla Redonda, lanzas en ristre, le seguían al compás de unos acordes que tenían la misma música de la lluvia al caer.

Solo el viejo relojero podía subir a la torre de la catedral para cuidar del reloj y de los caballeros de su carillón. Llevaba toda la vida haciéndolo. Él había creado el mecanismo, diseñado la maquinaria y realizado, de forma artesanal, los muñecos que representaban a Arturo y a sus caballeros.

Aquella noche, el viejo relojero estaba manipulando en el interior del reloj, quizá por eso no reparó en la repentina presencia de aquel hombre.
La voz le tembló cuando preguntó al forastero:
—¿Qué hace usted aquí arriba? Está prohibido que nadie excepto yo suba a la torre.

El hombre se limitó a frotarse las manos y a decir de forma pausada:
—¡Qué frío hace en la tierra!
Entonces desplegó las alas.
El viejo relojero se quedó un buen rato contemplando los apéndices blanquísimos y llenos de plumas.

—Me llamo Ángel —se presentó el forastero.
—¿Eres un ángel y te llamas Ángel? —preguntó el relojero, que se llamaba Antón.
—Bueno, la verdad es que me llamo Ángel Luis, pero allá arriba —y señaló al cielo— todos me llaman Ángel, para abreviar.

Los dos hombres se quedaron mirándose fijamente. El relojero Antón nunca había visto un ángel y pensó que el rostro de Ángel le era familiar. Ángel pensó que Antón había cambiado mucho desde la última vez que le vio.

—No me recuerdas, ¿verdad? —preguntó Ángel.
—La verdad es que no.
—Cuando eras pequeño me veías muchas veces y hasta en una ocasión llegaste a tocarme las plumas.
El ángel señaló la parte más exterior de una de sus alas.

—Ves, fue ahí y desde entonces esa parte se me quedó un poco pelada.
—Lo siento —balbució el relojero.
—No pasa nada. Cuando los ángeles somos jóvenes, tenemos las alas tan frágiles como las de las mariposas. Las membranas recubiertas de plumas son poco resistentes a las corrientes de aire y en especial al contacto con los humanos.

—De veras siento haberte dejado esa calva en tu ala.
—No te preocupes, esas cosas pasan, ¡son gajes del oficio!
El relojero no quería ser descortés con el ángel, pero tenía algo importante que hacer, así que le dijo:

—Has venido a verme en mal momento. Como sabes, hoy es la noche de fin de año y el reloj ha ido a estropearse justo hoy que tiene que dar las campanadas. Todos esperan ver salir al rey Arturo y a sus caballeros a las doce y tengo muy poco tiempo para arreglarlo.

El ángel tenía el pelo cubierto de escarcha y estuvo un rato sacudiéndose la larga melena mientras decía al relojero:
—Es un hermoso carillón y comprendo tu preocupación, pero he hecho un largo viaje y yo también tengo que cumplir una misión.

—Mira, Ángel —dijo el relojero—, he querido ser delicado y explicarte que no dispongo de tiempo. Si te quedas por aquí hasta después de la medianoche, hablaremos de lo que tú quieras y recordaremos viejos tiempos.

Entonces Antón dio la espalda al ángel y continuó arreglando el reloj.
El ángel se tocó el mentón y movió de un lado a otro la cabeza.
—No lo entiendes —dijo—, tienes que venir conmigo ahora.

El relojero se volvió. Tenía en la mano una curiosa pieza.
—Este es el corazón del reloj —exclamó triunfal, y luego dijo al ángel—: Pásame el buril y el punzón.
Ángel metió la mano en la caja de herramientas que tenía a su izquierda y sacó un artilugio con forma de flecha afilada.
—No —dijo Antón—, ese es el escariador. Sabrás mucho de asuntos celestiales pero de relojería no tienes ni idea.

Y empujando suavemente al ángel le dijo:
—Hazte a un lado, ya lo cojo yo.
El ángel miró al cielo y luego miró a Antón. Entonces exclamó en un tono enérgico:

—Antón, no me has escuchado, ¡debes venir conmigo ahora!
—Y yo creo que tú no me has oído a mí —exclamó el relojero—. Tengo que arreglar este reloj ¡también ahora!
—Pero, no entiendes…, tu tiempo se ha acabado.

El viejo relojero arqueó la gruesa línea de sus cejas mientras preguntaba al ángel:
—¿Qué quieres decir?
—Pues eso, que ya no dispones de más tiempo, que esta noche he venido a llevarte conmigo. No puedes arreglar el reloj porque en este momento tú ya no estás aquí.
Antón estaba desconcertado.

—¿Y dónde estoy?
—Ahora eres solo un recuerdo.
—¿Un recuerdo?
—Sí —dijo el ángel—, un buen recuerdo.

Durante unos segundos el silencio flotó entre hombre y ángel, luego Antón habló:
—No sé qué voy a hacer yo ahora.
—No te preocupes —le tranquilizó el ángel—. Has sido un buen hombre. Hay un lugar reservado para ti en el cielo. Lo que pasa es que allí no hay relojes porque no existe el tiempo, pero siempre puedes distraerte midiendo lo que tardan las nubes en descargar la lluvia y los ritmos de las mareas y hasta…

—Déjate de lluvia y mareas —le interrumpió Antón—. Yo me refiero a qué hago yo ahora con el reloj, con sus caballeros y con las campanadas de fin de año. Todos confían en mí. La entrada de un nuevo año es importante. La gente se hace buenos propósitos en una noche tan especial. Si el reloj no da las campanadas y el rey Arturo no sale empuñando a Excálibur, es como si la magia desapareciera.

—Pero eso ya no es asunto tuyo.
—¿Cómo que no? —exclamó Antón—. Este reloj es mi creación y siempre ha sido asunto mío, y sea yo un recuerdo o cualquier otra cosa en la que me haya convertido, tengo que arreglarlo.

El ángel batió las alas con fuerza y se puso serio.
—Lo siento, Antón, pero las órdenes están claras, tenemos que marcharnos. Además, ya vamos con retraso.
Cualquiera habría pensado que el batir de alas hubiera invocado la nieve, porque de pronto gruesos copos blancos empezaron a descender del cielo.

Antón se quedó un buen rato mirando cómo la nieve se posaba en los aleros de los tejados, luego dejó el buril en el suelo y habló con ternura. Sus palabras transportaron al ángel a una época pasada, porque tenían algo del sueño y de la magia del ayer.

—Sabes, cuando era pequeño mi ilusión era llegar a ser como el rey Arturo. Leía todos los libros que hablaban de sus aventuras y de las gestas de sus caballeros. Mi pandilla y yo jugábamos a ser los caballeros de la Tabla Redonda. Todos los años pedía a los Reyes la mágica espada de Arturo y, aunque nunca me la trajeron, llegué a hacerme una espada de madera y una armadura con cajas de cartón.

El ángel le miró con dulzura.
—Cuando una persona se hace mayor —dijo al relojero—, olvida todos sus sueños, pero tú no. En vez de eso, fabricaste este reloj y las figuras que viven en él. Incluso esculpiste los rostros de tus compañeros de juegos en cada figura.
—Sí, únicamente el Caballero de la Esfera Redonda, que es como llamo yo al rey Arturo, no tiene semblante bajo el yelmo. Pero, ¿cómo sabes todo eso?

Ángel sonrió:
—Lo sé, como sé muchas otras cosas. Sé que durante años te has sentido solo y que añoras aquel tiempo en el que empuñabas tu espada de madera y vestías la armadura de cartón.
—Sí —afirmó con tristeza Antón—. Soy un viejo solitario, pero conseguí hacer mi Camelot particular en esta empinada torre. Gracias al carillón, amigos de la infancia permanecerán para siempre vivos en mi corazón y en el corazón del reloj.

Una lágrima rodó por su rostro y se convirtió en escarcha antes de tocar el suelo.
Ángel cogió la mano de Antón.
«Coger la mano de un ángel es como tener agarrada una bola de algodón», pensó Antón.

—Debemos irnos —dijo el ángel.
—¿No hay más remedio? —preguntó resignado el relojero.
—No, no hay más remedio.
—Entonces…
—Nos vamos —anunció Ángel.
—Nos vamos —estuvo de acuerdo Antón.

Aunque era de noche, un resplandor se abrió en el cielo. Antón cerró los ojos y agarró con más fuerza la mano del ángel.
—Adiós, reloj, adiós, rey Arturo, adiós, compañeros de la Esfera Redonda —susurró bajito—. Ahora soy solo un recuerdo.
Y desapareció.

Paloma Orozco

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