Cuando tenía cinco años, experimenté un gran pesar. Quizás desde entonces no he tenido otro mayor. Fue cuando murió mi abuela. Siempre había estado sentada en el sofá de su alcoba, contando cuentos.
Yo sólo sabía esto, que la abuelita estaba sentada allí y narraba, de la mañana a la noche, y los niños nos sentábamos silenciosos junto a ella y escuchábamos. Era una vida maravillosa. No había niños más felices que nosotros.

También recuerdo que cuando terminaba la narración de algún cuento solía colocar su mano sobre mi cabeza y decía: «Y todo esto es tan cierto como que yo te veo y tú me ves.»
Recuerdo también que sabía cantar bellas canciones; pero esto no lo hacía todos los días. Una de estas canciones trataba de un caballero y una sirena y tenía el estribillo: «Sopla tan frío, sopla tan frío sobre el río.»

Acuden también a mi memoria una oración muy breve y unos salmos que me enseñó.
Pero de todos los cuentos que contaba, conservo únicamente una confusa idea.
Sólo de uno de ellos me acuerdo tan claramente que podría narrarlo sin dificultad. Es una historia muy breve del nacimiento de Jesús.
Ved, eso es casi todo lo que sé de mi abuela, dejando a un lado aquello que recuerdo con más fidelidad: el enorme dolor que me causó su muerte.

Recuerdo la mañana en que su sillón apareció vacío, en que no sabíamos qué hacer para que pasasen las horas más aprisa. De eso sí que me acuerdo. No lo olvidaré nunca.
Y recuerdo cómo los cuentos y las canciones salieron de casa, para no volver más.
Recuerdo que había desaparecido algo de nuestra vida. Era como si se hubiese cerrado la puerta de un mundo bello y mágico, en el que antes podíamos entrar y salir libremente. Y ya no hubo nunca nadie que acertase a abrir esta puerta.

Y recuerdo que los niños aprendimos gradualmente a jugar con juguetes y muñecas, a vivir como los demás niños; podría parecer que ya no echábamos de menos a la abuelita, que ya no la recordábamos.
Pero aún hoy, después de cuarenta años, al reunir las leyendas sobre Cristo que oí narrar en Oriente, despierta en mis recuerdos el breve cuentecillo del nacimiento de Jesús que contaba mi abuela. Y siento deseos de narrarlo una vez más e incluirlo en mi colección.

* * *

Era un día de Navidad. Todos habían ido a la iglesia, excepto la abuelita y yo. Me parece que estábamos completamente solas en la casa. No habíamos podido ir con los demás; una por demasiado niña, la otra por demasiado vieja. Y las dos estábamos tristes por no poder oír el canto de maitines, ni ver las lucecitas navideñas.
Pero estando así sentadas, solas, empezó la abuela una de sus narraciones.

—Erase una vez un hombre —dijo— que salió una noche muy oscura para procurarse fuego. Iba llamando de puerta en puerta y decía: «¡Buenas gentes, socorredme! Mi mujer acaba de tener un niño y necesito encender fuego para calentarla a ella y al pequeño.»
Pero la noche estaba muy avanzada, todos dormían y nadie le respondió.

El hombre anduvo y anduvo. Por fin, divisó a lo lejos el resplandor de una hoguera. Encaminó allí sus pasos y vio que la fogata ardía al aire libre. Multitud de ovejas blancas dormían alrededor del fuego, y un pastor ya anciano velaba en la noche.
Cuando el hombre que buscaba fuego se acercó al rebaño, vio que tres perrazos enormes dormían a los pies del pastor. Los tres se despertaron a su llegada y abrieron sus anchas fauces como disponiéndose a ladrar, pero no se oyó sonido alguno. El hombre vio cómo se les erizaba el pelo del espinazo, vio cómo relucían al resplandor del fuego sus dientes afilados y blancos, y cómo se abalanzaban sobre él. Sintió que uno de ellos intentaba alcanzar sus piernas, y otro su mano, y el tercero se colgaba de su garganta. Pero las quijadas y los dientes con que los perros pretendían morder no les obedecieron, y el hombre no sufrió el menor daño.

Entonces quiso el hombre seguir adelante en busca de lo que necesitaba. Pero las ovejas yacían tan apretadas, lomo contra lomo, que le impedían dar un sólo paso. Se encaramó, pues, sobre las espaldas de los animales y anduvo sobre ellas hacia el fuego. Y ni un solo animal se despertó ni se movió.
Hasta aquí había contado la abuela sin ser interrumpida, pero al llegar a este punto no pude contenerme y pregunté:
—¿Por qué no se movieron, abuelita?
—Pronto lo sabrás —contestó ella, y siguió su historia.

—Cuando el hombre ya se hallaba casi junto al fuego, el pastor le miró. Era un viejo adusto, desabrido y duro para todos. Al ver acercarse a un extraño, cogió un cayado largo y puntiagudo, que solía tener en la mano cuando apacentaba el rebaño, y lo arrojó contra él. Y la vara salió disparada hacia el hombre, pero antes de llegar a él se desvió, y sin rozarle se perdió lejos del campo.

De nuevo interrumpí a la abuelita:
—Abuela, ¿por qué no quiso el bastón pegar al hombre?
Pero la abuela no me respondió y siguió su narración.
—Entonces el hombre se acercó al pastor y le dijo: «Amigo, ayúdame y préstame un poco de tu fuego. Mi mujer acaba de tener un niño y necesito calentar a ella y al pequeño».
El pastor hubiese dicho con gusto que no, pero al recordar que los perros no habían podido dañar a aquel hombre, que las ovejas no habían huido de él y que su cayado no había querido herirle, se asustó un poco y no se atrevió a negar al extraño lo que pedía.
«Toma todo el que necesites» le dijo.

Pero el fuego estaba casi consumido. No quedaban ya troncos ni ramas, sino sólo un gran rescoldo, y el forastero no tenía ni pala ni cubo con que transportar las rojas ascuas.
Al advertirlo, el pastor repitió: «Toma todo el que necesites». Y se alegró de que el hombre no pudiese llevarse nada. Pero el hombre se inclinó, sacó con sus manos desnudas los carbones de entre la ceniza y los colocó en su manto. Y los carbones no quemaron sus manos cuando los tocó, ni quemaron su manto, sino que se los llevó tan fácilmente como si hubieran sido nueces o manzanas.

Pero al llegar aquí fue interrumpida por tercera vez la narradora:
—Abuelita, ¿por qué no quiso el carbón quemar al hombre?
—Ya lo sabrás —dijo la abuelita, y siguió contando.
—Cuando el pastor, que era un hombre tan malo y adusto, vio todo aquello, empezó a asombrarse y se dijo: «¿Qué noche puede ser ésta en que los perros no muerden a los extraños, las ovejas no se asustan, las lanzas no matan y el fuego no quema?»
Llamó al forastero y le dijo: «¿Qué noche es ésta? ¿Y por qué todas las cosas muestran misericordia?»

Entonces dijo el hombre: «Yo no puedo decírtelo, si tú no lo ves por ti mismo». Y quiso partir para encender pronto el fuego y poder calentar a la mujer y al niño.
Pero el pastor pensó que no quería perderlo de vista sin haber averiguado lo que todo aquello significaba. Se levantó y lo siguió hasta llegar donde habitaba el forastero.

El pastor vio que el hombre no tenía siquiera una choza en que vivir. La mujer y el hijo yacían en una cueva, donde no había otra cosa que las paredes de piedra, húmedas y frías.
Y el pastor pensó que quizás el pequeño pobre e inocente moriría de frío en aquella gruta, y, aunque era un hombre duro, se conmovió y decidió ayudar al niño. Descolgó el zurrón que llevaba al hombro y sacó de él una piel blanca y suave, que entregó al hombre para que colocara sobre ella al pequeño.

Pero en el mismo instante en que mostró que también él podía sentir piedad, se abrieron sus ojos y vio lo que antes no había podido ver, y oyó lo que antes no había podido oír.
Vio a su alrededor un denso corro de pequeños angelitos de alas de plata. Cada uno sostenía una lira en la mano, y todos cantaban a plena voz que aquella noche había nacido el Redentor que borraría los pecados del mundo.

Entonces comprendió por qué aquella noche estaban las cosas tan alegres que no querían dañar a nadie.
Y no había ángeles sólo alrededor del pastor, sino que este los vio por todas partes. Estaban sentados en la gruta, y en la montaña, y volaban por el cielo. Llegaban en tropel por el camino, y al pasar ante la cueva se detenían y contemplaban al niño.

Imperaban por doquier el júbilo, la dicha, los cánticos y los juegos. Y esto lo veía el pastor en la noche oscura, en la que antes nada había podido percibir. Y le invadió un gozo tan intenso al comprender que sus ojos se habían abierto, que cayó de rodillas, dando gracias a Dios.

Al llegar a este punto, la abuelita suspiró diciendo:
—Pero lo que vio el pastor también podemos verlo nosotros si somos capaces de reparar en ello, pues cada Nochebuena vuelan los ángeles por el cielo.

Y colocando su mano sobre mi cabeza concluyó:
—No olvides lo que te he contado, porque es tan cierto como que yo te veo y tú me ves. No se precisan luces ni lámparas; no depende de la luna ni del sol; lo necesario es tener los ojos capaces de ver la magnificencia del Señor.

Selma Lagerlöf

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