El señor Andrés tenía en su huerto un cerezo que le gustaba mucho. En época de cerezas, era una hartura, una dulzura tal como no había igual.

Lo peor es que los gorriones pensaban lo mismo y sentían por aquel cerezo una predilección especial, como si las cerezas fueran de miel.

El señor Andrés los ahuyentaba; colgaba cintas en sus ramas y hasta hizo un espantapájaros que tenía una escoba en la mano, y que sujetó en lo alto del árbol. Una finura, pero no daba miedo.

En cuanto llegaba el tiempo en que las cerezas maduraban, la gorrionada venía en excursión festiva al medio del árbol. Picoteaban con tal arte, que hasta lograban dejar sólo el hueso sujetado al tallo colgando del árbol. Al señor Andrés, esto le desesperaba.

Hace unos días, me lo encontré saliendo de la tienda de adornos navideños cargando un gran paquete.

—Pero… ¡qué bien va a decorar su abeto! —exclamé.

—No es para el pino —me corrigió el señor Andrés—. Es para el cerezo.

Entonces, me explicó su plan. Cuando las cerezas comenzaran a hinchar, él iba a adornar el árbol con campanillas y bolitas de Navidad.

—Para que los gorriones piensen que es un árbol de Navidad —concluí yo, poco convencido de la eficacia de su plan—. Bueno… es que ellos son un poco más listos…

—¡Seguramente lo son! —reconoció el señor Andrés—, pero también son animalitos muy escandalosos. Detestan los ruidos inesperados y apenas oigan las campanillas agitadas por el viento, se irán. Y las bolitas de Navidad reluciendo a lo lejos, también les darán miedo.

El señor Andrés se marchó muy contento con su plan. Resulte o no, estoy seguro de que de todos modos, al cerezo le va a encantar.

Antonio Torrado

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