Envidiar es desear lo que el otro tiene.

La excelencia y el triunfo siempre traen envidia. Nadie envidia a un miserable o a un linyera. Se envi­dian los logros, el reconocimiento, la casa, el dinero, la familia, la pareja, los amigos.

Había un rey que quería saber qué era peor, si ser ta­caño o ser envidioso; entonces tomó a dos personas y les dijo:

—A uno le daré todo lo que me pida pero al otro le daré el doble.

 Entonces el envidioso dijo:

—A ver si en­tendí bien rey, ¿todo lo que te pida me lo darás pero al otro le darás el doble?

 —Sí —dijo el rey.

 Entonces le di­jo el envidioso al avaro:

—Pida usted primero.

—Faltaba más —dijo el avaro—. Primero están los caballeros.

 Que sí, que no…

Entonces el envidioso dijo:

—Ok, yo pido pri­mero, que me saquen un ojo.

La envidia es un sentimiento destructivo de alguien que pretende quitarte lo que has logrado.

La envidia acortará tu visibilidad y ejercerá la misma función que la neblina: no te permitirá ver más allá de lo que sólo está al alcance de tus ojos.

La persona que envidia pasa tiempo opinando y juzgan­do todo lo que el otro tiene, en lugar de orientarse a alcanzar sus propios sueños, por lo cual, termina convirtiéndose en verdugo en vez de ser protagonis­ta de su propia vida.

La envidia nos desenfoca y conduce nuestra ener­gía hacia el flanco equivocado, hacia “el otro”, en lu­gar de buscar dentro de nosotros mismos las mejores oportunidades. Es un sentimiento tan completo y ce­gador que no te permite ver lo que está delante ni aquello que sólo a ti te pertenece.

La envidia no vive sola sino que convive con la crítica, la murmuración, el chisme, la de­pendencia, el desgano, todas actitudes que consumen nuestras fuerzas, convirtién­donos en excelentes opinólogos pero en pobres construc­tores de nuestra propia vida.

Desperdiciamos tanto tiempo en los otros que cuando tenemos que ocuparnos de nosotros mismos ya estamos desganados, y entonces decimos: “Se me pasó el tiempo, lo hago mañana”, pero mañana ten­drá el mismo resultado si no rompes el circuito de la crítica y el enjuiciamiento.

La envidia nos transforma en seres intolerantes res­pecto del éxito de los demás. Se sufre por tener menos dinero, menos felicidad que el otro. El objetivo es siem­pre tener “mayor cantidad” que la que el otro tiene, aún a costa del dolor y la infelicidad. Quien vive bajo estos conceptos sólo podrá ocupar el lugar de víctima, malgastando tiempo, en vez de vivir bien y permitir que el otro viva como mejor le parezca.

El mundo está plagado de vidas obsesionadas en vi­das ajenas, en logros de terceros; son vidas que no pueden ver lo que ellas mismas tienen por delante. Son vidas que se niegan a darle valor a aquellos logros y éxitos que han alcanzado. Se trata de personas que están cegadas ante el valor de sus propias vidas.

Tu búsqueda personal es la que le dará el sentido a tu vida; tus metas y tus objetivos serán los que te liguen a tu destino; tus sueños y tu propósito enfocarán tu energía y tu accionar.

Soñar, proyectarse y ser cada día un poco mejor son los ingredientes de una estima sana que sabe que las limitaciones sólo están en la mente, que nadie le robó a nadie nada de lo que le pertenece, que la feli­cidad depende de lo que ella misma es capaz de po­seer, que su valía no está en función ni de la aproba­ción ni de la mirada ajena, que su recompensa está es­perando ser recogida y que el éxito que le aguarda tiene su nombre.

Una estima sana no busca reconocimiento ni fama ni se mueve por conveniencias, sólo está enfocada ha­cia una aprobación y satisfacción personal; si el resto llega, bienvenido sea, pero es libre de la adulación y de aquellos que la ejercen.

Necesitamos aprender a celebrar y festejar los éxitos ajenos. Si puedes hacerlo, significa que estás en condicio­nes de anticipar que lo mejor, y bendiciones aún mayo­res, están por llegar a tu vida.

Cada logro del otro debe ser un desafío para ti. El éxito del otro no debe ser motivo de envidia, sino fuente de inspira­ción. Aprendamos a encontrar­le un giro de 180 grados a este sentimiento que sólo nos destruye y nos enferma.

Bernardo Stamateas
Gente toxica
Vergara, 2011

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