A veces uno es demasiado exigente con la realidad; se imagina que la vida debería ser de una forma determinada (sin tráfico, sin impuestos, sin dificultades para aparcar…) y se enfurece (o entristece) cuando no es así. En ese sentido, es muy poco realista, se comporta como un niño egocéntrico. Parece que dice: «¡El universo debería girar en la dirección que yo dicto!».

Nos conviene aprender que todas esas exigencias no son necesarias para ser feliz. Lo mejor es olvidarse de esos «debería», y aprovechar de una vez lo que sí se posee, lo que la realidad pone a nuestro servicio.

Si limpiamos nuestra mente de exigencias irracionales, nos daremos cuenta de lo mucho que ofrece la vida para disfrutar.

Por todo ello, la enfermedad que origina la ansiedad y la depresión también podría denominarse «necesititis», la tendencia a creer que «necesito, necesito y necesito para ser feliz». El hombre —o mujer— maduro es aquel que sabe que no necesita muchas cosas para ser feliz.

En una ocasión, vino a verme un joven paciente que estaba deprimido porque lo había abandonado su novia. Le pregunté:

—¿Cuál crees tú que es la idea irracional que te hace estar deprimido en estos momentos?

—No lo sé, estoy mal porque ella me ha dejado. Es normal, ¿no? —respondió.

—No, lo normal sería estar disgustado, triste, pero no deprimido como tú lo estás —le dije en el tono directo que suelo emplear en mi consulta.

—Pues no sé cuál es esa idea irracional que tú me dices —dijo el paciente un poco confuso.

—Tú te dices a ti mismo: «Necesito que ella esté conmigo para ser feliz» o, dicho de otro modo, «Es terrible estar solo, no lo puedo soportar» —le dije.

—Vale, pero es que yo la quiero, la amo. ¿No es normal estar mal cuando no puedes tener al amor de tu vida? —replicó con tono quejumbroso.

—¡No! Eso es una idea hiper-romántica fruto de tu absurda «necesititis». Es normal estar disgustado, moderadamente triste, pero no deprimido. Tu novia te ha dejado. Ésa es la realidad. Te «gustaría» estar con ella, pero no «necesitas» estar con ella para ser feliz. Así es para todo el mundo, así que no te digas lo contrario. —E hice una pausa para dejarlo pensar.

Luego continué:

—Te voy a explicar una historia para que lo entiendas. Imagina que un día yo te digo: «Estoy deprimido porque el cielo no es de color fucsia. Todo empezó hace unos días; imaginé que si el cielo fuera fucsia, la vida sería mucho más alegre, porque el fucsia es un color muy festivalero. Y, claro, ahora, cuando salgo a la calle y veo que sigue siendo azul, me entristezco hasta deprimirme». ¿Qué pensarías de mí si te dijese esto?

—¡Pues que mi terapeuta está loco de atar! —dijo riendo.

—Y tendrías razón porque, para empezar, el cielo no puede ser fucsia, es una pretensión estúpida. Además, el cielo ya está bien de color azul: es muy hermoso. Millones de personas viven suficientemente bien con el cielo de color azul y esto me indica que el fucsia no es una necesidad… ¿Lo ves? A ti te pasa lo mismo: piensas que es «absolutamente necesario» que tu ex novia esté contigo para ser feliz y… la realidad no es así ni tampoco necesitas que sea así —le dije.

—¿Se trata sólo de una idea que me he metido en la mente? —preguntó.

—¡Exacto! Simplemente, abandona esa idea. La vida te depara miles de posibilidades positivas si abres tu mente a ello.

Rafael Santandreu
El arte de no amargarse la vida
(Adaptado)

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